CAP. 10- 1303, AÑO DEL SEÑOR.
Felipe IV Capeto, el Hermoso, no se caracterizaba por detenerse en pequeñeces, en realidad no se detenía ante nada. Mientras trataba por todos los medios de obligar a la Iglesia Católica a pagarle impuestos al naciente estado francés, preparaba el decreto de expulsión de los judíos a efectos de apoderarse de sus bienes, y meditaba sobre la mejor forma de sacarse de encima a los Caballeros Templarios, poderosa orden de monjes guerreros, quiénes no sólo tenían enorme influencia en los asuntos públicos, sino también mucha riqueza y poder, amenazando la propia autoridad real. Tenía éstas y algunas otras cosillas en mente: tomarse revancha contra Flandes por el increíble revés que los burgueses de la Liga Hanseática habían infringido a sus tropas y hacerle la guerra al rey de Inglaterra para decidir definitivamente el tema de la hegemonía en el norte de Europa, pero eran dos cuestiones que tendrían que esperar. Lo primero era hacerse con el poder religioso, la iglesia tenía una gran influencia en las mentes sencillas, el Papa era infalible y todo eso. Pero estaba en contienda con Bonifacio VIII por el asunto de los impuestos, y se habían provocado mutuos reveses políticos que no le permitían dormir tranquilo. Lo primero era someter a la Iglesia, luego, con la espalda cubierta y su alma protegida de excomulgaciones y anatemas, se dedicaría a los asuntos temporales. Recibió con alivio la noticia de la enfermedad de Bonifacio VIII, que lo ponía al borde de la tumba. Había que buscar de inmediato un sucesor favorable a sus intereses. Resolvió que Bertrand de Goth, arzobispo de Burdeos, era la persona indicada. Conocía su cobardía y su codicia, pero estos aspectos de su carácter que otros considerarían vicios podían transformarse en virtudes si eran bien empleados. El oportunismo liso y llano, su ambición sin límites y el pleno disfrute de los placeres mundanos era algo que Felipe IV creía poder utilizar a su favor. Además era francés como él, y ya era hora de reducir la influencia de todos esos sacerdotes italianos que durante tanto tiempo habían sido los intérpretes de la voluntad divina.
Así que llamó imperativamente al Arzobispo de Burdeos a París, donde había resuelto establecerse para estar más cerca de sus vasallos más díscolos y poderosos.
Bertrand de Goth ya había tenido una entrevista similar con el hermano del Rey, el Conde de Valois, quien lo había puesto en serios apremios y le había exigido lealtad, de manera que imaginaréis como se presentó ante Felipe. Bertrand no se caracterizaba por su temple, sino más bien por su habilidad para acomodar el cuerpo. Temblaba como una hoja, y ya se suponía acusado de traición y enviado por lo menos a una mazmorra, por lo que con inefable sorpresa y alivió se enteró de cuáles eran los verdaderos propósitos de Felipe IV, el Hermoso. Lo que sigue ha sido recogido de conversaciones del propio Rey con sus allegados, y aunque hay que tomar el asunto con pinzas, el contenido al menos parece bastante verosímil:
Bertrand de Goth: ¡¡¿¿Cómo decís señor, qué pensáis hacerme Papa??!!- dicho esto a punto de desmayarse.
Felipe lo miró adusto, como Iahvé cuando anunció a Sara que iba a ser madre, y ésta dudó y hasta se rio un poco, Felipe odiaba que lo contradijeran y aún más que dudaran de su poder. Bastó su mirada para que Bertrand comprendiera su error y prorrumpiera en exclamaciones de asombro y agradecimiento, hasta que la curiosidad pudo más y atinó a preguntar:
Bertrand: ¿Y cómo señor mío lograréis que el concilio me nombre Papa? No creo que los romanos quieran mucho a los franceses en los tiempos que corren, y además, ni siquiera soy Cardenal…
Felipe: ¡De eso me encargo yo, y nunca más, bajo ningún pretexto, vuelvas a dudar de mi palabra!
Bertrand: ¡No su majestad, no, que no fue esa mi intención, era de mí de quien dudaba, de mis insignificantes méritos, no de vos!- decía esto y se inclinaba repetidamente en gesto de acatamiento.
Felipe: ¡Pues si se me ocurre haré Papa a mi capellán, y eso no es todo, una vez ubicado en el trono de Pedro, deberás trasladar la sede papal a Francia, ya estoy harto de esos manipuladores italianos!
Aquello era el colmo, Bertrand sintió que se ahogaba, debió desprenderse el cuello de la sotana para respirar mejor a la vez que le chorreaba agua de la cara abajo. ¡La desmesura de las ambiciones de aquel hombre, por rey que fuera, superaba las de cualquier otro mortal! Sintió temor de verse arrastrado a una empresa largamente superior a sus fuerzas, pero estaba advertido, ¡no podía dudar ni negarse! Mentalmente resolvió adoptar una cristiana resignación y entregarse a la voluntad de Dios.
Bertrand: Ordenad, Señor mío, que estoy aquí para serviros…
Felipe: Pues bien, te trasladarás de inmediato a Roma. Bonifacio VIII está a punto de morir y debes estar allí. Ve preparando tu propia estrategia para la elección, mientras yo muevo mis influencias. ¡Ve eligiendo un nombre para cuando seas Papa! ¡Y mientras tanto te prohíbo terminantemente que vuelvas a reunirte con mi ambicioso hermanito Carlos, si sabes lo que te conviene! ¡Vete ya a preparar el viaje, mañana debes estar en camino, el tiempo apremia!
Aquel hombre no dejaba nunca de asombrar a de Goth, cuando mencionó a Carlos algo se le retorció en las entrañas, ¡evidentemente estaba al tanto de su entrevista en Burdeos! Pero esto al rey no le importaba demasiado, tenía cosas mucho más grandes en la cabeza que las ambiciones personales de Carlos de Valois, quizás lo dejaba hacer para que no le fastidiase en la corte, el asunto de Guyena le tenía sin cuidado de momento. Mejor ni mencionar el punto. Ahora debía concentrarse en su desmesurado futuro. No se le ocultaba que se trataba de una simple pieza en el tablero que había montado Felipe IV, pero no le disgustaba la idea: ¡ser Papa! No por sus méritos, sino por la voluntad poderosa de aquel hombre que anulaba cualquier otro designio. Inconscientemente se relamió, ¡todo lo que podría hacer si efectivamente llegaba al trono de Pedro! Y no pensaba precisamente en las cosas espirituales. Y con estas ideas dándole vueltas en la cabeza se retiró ceremoniosamente, dispuesto a cumplir las órdenes.
Una vez que se quedó solo Felipe IV se repantigó en un mullido sillón cubierto de pieles e hizo sonar las manos, a la vez que exclamaba:
– ¡Puedes entrar, Guy de Chatillón!
Corrió unas cortinas e hizo su entrada el nombrado. Era hombre de unos cuarenta años, pelo entrecano, no muy alto pero robusto, quien llevaba un chaleco de cuero con un águila de oro bordada sobre fondo negro. Se inclinó casi imperceptiblemente ante el rey, señal de acatamiento pero también de que no se sentía demasiado por debajo del mismo. Guy de Chatillón, Conde de Blois, era señor de Blois, Tours, Chartres y Chateaudun, pero le resultaba muy difícil mantener su señorío sobre la inquieta Tours y contener las aspiraciones territoriales de sus poderosos vecinos del Poitou, Angers y Orleans, quienes reclamaban antiguos derechos, por lo que necesitaba todo el apoyo de Felipe IV.
– ¿Has oído, que te parece mi candidato al trono de Pedro?
– Os será útil señor, es un hombre temeroso, pero no de Dios, sino de vos…
Se rio ante estas palabras el rey y cambió de tema.
– Sólo es una pieza en el tablero- dijo-, pero vamos a nuestro asunto. ¿Has sido invitado a un supuesto torneo en el ignoto castillo de Gailsden, feudo de un tal Barón de Gauillón, no es así?
Asintió en silencio el Conde de Blois y se quedó esperando.
– Pues bien- continuó Felipe-, creo que el tal torneo es en realidad un pretexto para una conjura que encabezan mi hermanito Carlos y Jean de Dreux, y cuyo objetivo es apoderarse del Poitou, al que piensan dar el pomposo nombre de Condado de Guyena, creando allí un feudo a medida de Carlos, quien de hecho tendría tanto poder como un rey. Tu misión será hacer fracasar dicha empresa. Recuerda que nos necesitamos mutuamente.
Volvió a asentir Guy de Chatillón, pero en vez de una simple aquiescencia objetó:
– ¿Y por qué señor no hacéis apresar a los supuestos conjurados y abortáis tal intento? ¿No será peligroso dejar crecer la empresa?
– Mira, Chatillón, no tengo intenciones de poner grillos a mi propio hermano, eso podría tener funestas consecuencias para mi causa y mi familia. Carlos no pretende amenazar mi poder, sólo quiere un reino pequeñito para sí mismo, y hasta lo entiendo, ha vivido demasiado tiempo a mi sombra…- dijo esto con una expresión casi afectuosa- Ha convocado a un montón de señores, a cual más inepto y juerguista, se divertirán un tiempo a costa de Gauillón y luego se irá cada uno por su lado. Mientras tanto mantendrán ocupados a los señores del norte de Francia y al rey de Inglaterra, y yo tendré el tiempo que necesito para vérmelas con el Papa, los Templarios y los judíos, empresas que de momento me absorben y me parecen mucho más importantes. Cuando haya cumplido estos objetivos me aplicaré a afianzar el poder real en los feudos del norte, cada cosa a su tiempo… ¿Cuento contigo, verdad?
– Claro que sí, señor, soy vuestro incondicionalmente.
– Bien, partirás cuánto antes y de todo lo que suceda me mantendrás informado, y aguarda mis órdenes para proceder. Llévate un grupo de hombre leales y dispuestos a todo, ¡pero esto que hablamos no deberá salir de acá, queda entre nosotros!
– Así se hará su majestad, pero mientras tanto cuidad…
– ¡Sí, sí- dijo Felipe interrumpiéndolo con un gesto de fastidio-, nadie tocará tu feudo, te lo prometo! Puedes irte tranquilo, y disfruta todo lo que puedas, las mujeres de Bretaña tiene fama de ser las más hermosas de Europa… Mañana partirá Goth hacia el Sur, y tú irás al Norte. ¡Buena suerte!


