Cap. XIV- El Torneo de Gailsden

14- EL TORNEO

Y el día finalmente llegó. Sobre el pintoresco fondo compuesto por el promontorio de Gailsden y su castillo a un lado y el infinito azul marino al otro, en medio de una llanura que recordaba la que en Ilión sirvió como campo de batalla a tirios y troyanos, entre las murallas y el mar, se dieron cita los gallardos caballeros. Gauillón había hecho construir un estrado de madera, para un centenar escaso de personas, sobre el cual se ubicarían los espectadores principales. En el centro la gente de más prosapia, a los costados los maestros con oficio y las damas cortesanas, en los extremos y parados a los costados la gente de Gailsden, apenas un puñadito de siervos, pescadores y artesanos, y una mayoría de mujeres del pueblo y niños, ya que como recordamos casi todos los hombres se encontraban al servicio del Duque de Bretaña en sus campañas del Poitu. Del otro lado del campo, frente al estrado, se situaban las tiendas de campaña de los nobles, todas ellas engalanadas con profusas banderas y pendones que les daban un gran colorido. Los palafreneros arrimaron los robustos corceles a las tiendas y de las mismas emergieron los señores feudales, provistos de herméticas y singulares armaduras. Todos usaban impecables túnicas, sobre cuyo pecho lucían pintados hermosos escudos familiares, aunque un par de ellos habían optado por la Cruz de los Templarios, inocentes e ignorantes de la otra conjura, la que sobre ellos tramaba en ese mismo instante el rey, ansioso de destruir la orden de aquellos monjes guerreros-por más que de monjes tenían muy poco-, a efectos de aumentar su propio poder y riqueza.

Sobre el campo los formidables caballeros se dispusieron a demostrar sus habilidades. Tras los saludos de rigor, dirigidos al estrado donde se encontraba Carlos de Valois rodeado por su séquito y engalanadas damas, se prepararon para la primera prueba de campo, los combates a caballo, caballero contra caballero. Todo se había dispuesto mediante sorteo, aunque alguno sospechaba que los mismos no habían sido suficientemente claros, y así se veía al primogénito de Bretaña, resplandeciente en su hermosa armadura sobre la cual lucía un águila bicéfala, semejante a la de los antiguos romanos- lo que sugería sus aspiraciones imperiales-, enfrentado a un disminuido e ignoto noble de la remota Silesia, donde había sido confinado a una marca fronteriza por el Principe de Bavaria. Era un hombre que ya tenía sus años, y muchos dudaban que pudiera sostener una lanza. En cambio el gallardo Lusignan, entrenado desde pequeño en el manejo de las armas, diestro también en las artes cortesanas como la música y el canto, se veía enfrentado al robusto Conde de Comminges, un duro rival  que bien podría sacarlo del medio, o por lo menos desgastarlo lo suficiente para que no fuera en el futuro del torneo el enemigo formidable que muchos suponían. Este reto se miró con sospechas, y muchos pensaron que alguna tramoya había detrás de tan singulares emparejamientos. Varios e importantes nobles miraban con recelo a Lusignan, y por distintos motivos, aunque éste permanecía jovial y bien dispuesto con todos, como si no se diera cuenta de nada. Parece ser que su gallardía y su condición de trovador opacaban en los salones al mismísimo Jean de Dreux, quien presumía de galán, y se veía largamente superado en la preferencia de las damas por Lusignan. Tampoco le caía bien a Guy de Chatillón, Conde de Blois, de carácter reconcentrado y hostil, quien había sido víctima de algunas bromas que, aunque inocentes, le cayeron muy pesadas. Y estaba también Francois d’Armagnac, Conde de Armagnac, con quien Guy de Lusignan, Conde de la Marche-Ánguleme sostenía ancestrales disputas fronterizas. Claro que Lusignan tenía también sus amigos, a los cuales terminaba de conocer pero ya se apreciaban como amigos de toda la vida. Entre estos se destacaban dos extranjeros: el florentino Francesco Dattini, Príncipe de Gulbenzi y  el español Rodrigo de Villajoyosa, Conde de Alfaz, ambos caídos en desgracia en sus respectivos países. Claro que Gulbenzi mantenía aún cierta influencia, ya que era un hombre muy adinerado, con empresas y créditos que se extendían por varias regiones de Europa. En cambio Villajoyosa era un expatriado, un paria  en su país, y sus títulos no significaban nada en su actual situación. Por ser extranjero y desterrado se le prohibió participar en el torneo, pese al esfuerzo de Lusignan quien de alguna manera advertía que tenía en Rodrigo un aliado muy útil. En cambio Gulbenzi sí fue invitado a participar, Carlos de Valois impuso su presencia pese a la oposición de varios nobles ya que era de la opinión que la gente adinerada tendría un lugar relevante en el mundo del futuro, en contraposición a quienes sostenían que la nobleza estaba indisolublemente unida a la tierra. Pero Gulbenzi, inteligentemente, intuyendo que tenía más a perder que a ganar, se excusó de participar, arguyendo que como buen italiano no era experto en el combate al estilo caballeresco de la Edad Media, sino que había sido entrenado en el uso de la pica, la ballesta y la espada florentina, fina y puntiaguda, y que con gusto participaría en cualquier competencia de lanzamiento de jabalinas, tiro al blanco y esgrima. Por supuesto esto no estaba contemplado en el torneo, ya que aquellos caballeros sólo se habían especializado en el combate de derribo a caballo, con lanza en ristre, y en el uso de las formidables armas medievales necesarias  para  traspasar escudos y destrozar armaduras, como la pesada y ancha espada de dos filos, la maza, el hacha y la bola de hierro.

Ante la algarabía del público, los servidores y soldados, las damas, los cortesanos y plebeyos, en su mayoría acemileros y campesinos que habían sobrevivido a la leva forzosa, más el sonido de los pífanos y timbales, los combates fueron sucediéndose. Algunos sin sorpresa: el rival del primogéntio de Bretaña apenas resistió un par de embates, como se suponía, lo que dejó a Jean de Dreux tan ufano que se salía de la armadura. Se pavoneó un rato delante de las damas buscando con la vista a Blanca de Gauillón, de quién había obtenido una vaga promesa y cuya cama esperaba compartir esa misma noche. “Las damas aman a los triunfadores” le había dicho la muchacha ocultando su rostro detrás de un lujoso abanico de plumas. No veía su rostro, pero le reían los ojos. Para Dreux era suficiente para abrazarse a estas palabras como a una promesa, y ya se veía entre las sábanas de la bella hermana del Barón.

También el hosco Blois, el jovial Foix y el rubicundo Conde de la Vendome superaron con éxito sus respectivos combates. Pero el que sostuvieron Guy de Lusignan y el Conde de Comminges fue otra cosa. Desde el comienzo los espectadores sostuvieron la respiración ante el poder, la galanura y la confianza que emanaba de aquellas formidables figuras medievales, verdaderas máquinas de pelea. Sucesivas embestidas no dieron resultado. Escudos y lanzas de torneo con puntas de madera se hacían pedazos sin resultado una y otra vez, ambos se veían tan fuertes y animosos como al comienzo. Los espectadores contenían la respiración, las damas se llevaban la mano al agitado pecho, luego la polvareda, las astillas que volaban por aires, el grito de exaltación de la gente, y los dos combatientes que emergían enhiestos al otro lado del campo, dispuestos a tomar otra lanza y volver a embestirse. Ambos parecían encarnizados, como perros de pelea se mostraban obsesionados y sólo pensaban en una cosa: derribar a cualquier costo a su rival. Caía ya la tarde, de hecho muchos pensaban que debía suspenderse el combate y dejarlo sin decisión y continuar al día siguiente, el sol tocaba el horizonte sin que nadie se hubiera movido de sus lugares. Hasta el último de los presentes estaba pendiente del encuentro, cuando en un instante que pareció eternizarse en el tiempo se vio como la lanza de Lusignan resbalaba contra el escudo de su rival y golpeaba fuertemente el casco que protegía su cabeza. ¿Fue una jugada arriesgada, o simplemente la fatalidad, siempre presente en es tos lances? Pero pudo costarle muy caro: la lanza de su contrario se estrelló una vez más contra su escudo que voló por los aires y golpeó contra su pecho. Lusignan se tambaleó por el fuerte impacto y no pudo mantener el equilibrio, cayendo al campo ante el estupor del público y el gemido de las damas, que lo habían hecho su favorito. Pero en el mismo instante se vio la cabeza de Comminges salir despedida hacia atrás, rebotar y caer hacia delante. Quedó acostado sobre el cuello de su cabalgadura y la gente contuvo la respiración presintiendo un grave desenlace. Palafreneros atentos saltaron al encuentro del caballo y lo detuvieron dificultosamente en el confín del campo. Manos ansiosas lo bajaron y tras dejarlo sobre el pasto le quitaron el casco. Un grito de dolor partió entonces de la boca de aquellos hombres que a voz en cuello reclamaron la presencia del médico. Los demás caballeros se acercaron presurosos apartando de malos modos a la gente común que se apiñaba ansiosa de curiosear. A la mirada de todos se ofreció entonces un doloroso espectáculo. Sobre el verde prado yacía el orgulloso y formidable Jacques de Comminges, uno de los mejores caballeros de Francia, con el cuello roto y los ojos vidriosos, ausentes ya de vida.

Lusignan se incorporó dificultosamente, tenía un fuerte golpe en el pecho y posiblemente un par de costillas rotas, pero la lanza cuya punta se había destrozado  contra el escudo antes de golpearle el pecho no había penetrado la coraza. Nada grave, en suma. Sobreponiéndose al dolor  se acercó hacia donde yacía Comminges, a unos doscientos pasos de distancia. Apartó a la gente y cuando lo vio yaciendo aniquilado sobre el verde pasto, emitió un bramido de  dolor y cayó de rodillas.

– ¡Oh Dios, oh Dios, que he hecho, juro ante Ti que no fue mi intención usar de la industria de Sir Ivanhoe cuando derrotó a los caballeros normandos, en la época de Ricardo Corazón de León!- las lágrimas corrían por sus ojos,  y ya no pudo decir más. La emoción del momento y el dolor de su pecho le hicieron perder el sentido. Fue levantado en andas por sus hombres quienes lo transportaron a su tienda, donde las blancas y suaves manos de bellas muchachas del pueblo se presentaron prestas a socorrerlo y confortarlo. Entre ellas Vana, la bella rubia ojos de miel que lo había cautivado desde el primer día. Pero esa historia requiere su propio capítulo. Lo cierto es que Lusignan, golpeado, se reponía dificultosamente, le dolían las costillas fracturadas y ni las caricias de Vana lograban confortarlo y consolarlo. Le dolía la muerte del gallardo Comminges, quien ya se encontraba en viaje hacia su tierra, escoltado `por sus vasallos, una decena de hombres de armas y otros tantos servidores a pie que le habían escoltado hasta allí, lacayos, peones y acemileros que trataban de apresurarse. El viaje no era muy largo, le separaban cuatro o cinco días de su destino, pero sabían que en la última parte del camino, demoraran lo que demoraran, les acompañaría un pestífero olor, y cuánto menos tiempo tuvieran que soportarlo mejor. ¡Triste destino el del gran Jacques, le esperaba un sepulcro de piedra, al que llegaría convertido en un despojo, en una carroña, para regocijo de monjes y predicadores, quienes no descartaban oportunidad alguna para recordar a los hombres de su misérrima y corruptible condición humana!

Todo esto meditaba Lusignan, dolorido en cuerpo y alma, dolor que la solícita Vana no conseguía mitigar. Al amanecer se levantó, penosamente, luego de dormir apenas un par de horas, se hizo vendar fuertemente y pidió su armadura, dispuesto a salir nuevamente al campo, decidido a enfrentar a quien le tocara en suerte. Su rival iba a decidirse por sorteo a primera hora, y aún ignoraba de quien se trataba. Deseaba que fuera el orgulloso Dreux, a quien le encantaría bajarle los humos, pero bien sabía que difícilmente enfrentarían a ambos, seguramente buscarían el caballero más frágil de cuántos había salvado el primer combate para enfrentar en segunda instancia, y así ir sobrepasando obstáculos mientras los caballeros más formidables se iban desgastando o directamente quedando fuera del torneo. ¿Cómo harían para amañar los sorteos? Se corrían rumores, había escuchado algo sobre “la bola caliente”. ¿Cómo funcionaba? Dentro de una bolsa se colocaban unas piedras redondas numeradas, cada una de las cuales correspondía a un caballero según una lista previa, y a medida que iban saliendo se emparejaban. Pues bien, una de ellas se calentaba previamente en forma muy disimulada, precisamente la del heredero del ducado de Bretaña, la que sólo era extraída cuando aparecía el elegido para ser su contrincante. Eran rumores, claro, pero Lusignan bien sabía que los que rodeaban a Dreux eran capaces de ese engaño y mucho más. Estaba seguro que a él le tocaría un rival formidable, Vendome o Armagnac, mientras que Dreux se solazaría enfrentando a un caballero de bajo rango, que apenas osaría levantar su lanza para embestirlo, y quién lo más seguro es que se arrojaría del caballo al menor roce,  o quizás alguno que herido en el primer combate no podría oponer resistencia. En este punto de sus meditaciones se ensombreció. Él mismo estaba herido, y no estaba en su mejor momento para levantar la lanza contra el joven y robusto Dreux, pero su orgullo lo impulsaba a enfrentar lo que viniera. En ese momento ingreso a su tienda su nuevo y ya entrañable amigo, don Rodrigo de Villajosa y Alfaz.

– ¿Cómo te encuentras esta mañana? Se corre el rumor de que no puedes tenerte en pie…

– ¿Qué dices?, ¡no es así, estoy como siempre!- y acompasando estas palabras tomó la espada con una sola mano y la esgrimió sobre su cabeza. No puedo evitar un gesto de dolor y un “¡ay!” amortiguado.

– ¡Ummm! ¿Estás seguro de que quieres salir al campo?, nadie te culparía si renuncias, se advierte que te duele mucho el golpecito que te propinó Comminges, claro que a él le fue mucho peor…

– ¡Se necesita algo más que un par de costillas rotas para retenerme en mi tienda! Por otra parte el dolor físico es lo de menos, duele más moralmente haber causado la muerte de ese noble Comminges, ¡pero si yo no continuara la lid todo habría sido por nada, su muerte no tendría sentido!

– Son los peligros de esta dura vida del caballero, las muertes son comunes tanto en el campo de batalla como en los torneos…

– ¡No me quedaré en mi tienda, y eso es definitivo!

– Ya veo, “mi descanso son las armas, mi reposo el batallar”.

– ¡Estupendos versos! ¿A quién pertenecen?

– Están dedicados a un héroe de mi patria, el gran Cid Campeador, se  ignora su autor, algún olvidado juglar…

– El Cid Campeador… He oído hablar de él.

– Es inspiración y numen de todos los Hispanioles, así por su condición de gran batallador como por su nobleza y humanidad. A él quisiera ser comparado algún día. Pero vos mencionaste a un tal Sir Ivanhoe luego del combate con Comminges, ¿de quién se trata?

– Un caballero que volvió de las Cruzadas con el normando Ricardo Corazón de León. En los torneos apuntaba la lanza a la mitad del escudo, y la levantaba en el momento mismo del encuentro buscando la cabeza del rival, así ganó varios combates, ¡pero juro que no fue mi intención!, además es riesgoso, no amortigua la lanza del rival, terminó sufriendo una herida de consideración, como la mía… Aunque, no debo amilanarme, no es digno de mi condición. ¡Quizás fui un poco imprudente, pero el combate ya iba largo, me sentía como un alano que va tras el jabalí, quería triunfar a toda costa… ¡Lo siento por el gran Jacques Comminges, es una victoria de la que no me enorgullezco!

Villajoyosa se quedó pensando si Lusignan no había hecho una confesión tácita de que el uso del truco de Ivanhoe no había sido tan accidental, pero no dio mayor importancia al asunto. Sabido es que no todo era tan heroico ni tan honorable en la vida de los caballeros como querían hacer creer juglares y trovadores.

– Ya se os pasará el dolor, tanto el físico como el moral. La vida de un caballero está expuesta a esas cosas. Pero mirad quien viene ahí. Es el viejo Genicourt D’Lislle, algún mensaje de Valois debe traer…

El noble Genicourt, natural de París, hombre anciano, de unos sesenta años, ya retirado de los torneos que lo tuvieron en otro tiempo como animador, era ahora hombre de confianza de Valois, su consejero, su confidente, su embajador, y era respetado por su buen talante y sentido común, que lo convertían en un gran negociador.

– Buenos días caballeros, os veo de pie Lusignan, eso me alegra, me habían dicho que difícilmente podrías dejar el lecho el día de hoy.

– ¡Pues aquí me ves, me siento perfectamente, o casi, y estoy dispuesto a salir al campo como el primer día!

– Pues, señor, me temo que tengo malas noticias. Anoche se reunió el consejo de nobles y determinó… que no podéis combatir hoy…

– ¿Cómo, que estás diciendo? ¡Si es por mi condición física os reitero que estoy en perfectas condiciones!

– En ese sentido el Conde de Valois, que os estima y se preocupa por vos os aconseja renunciar a seguir compitiendo hasta que os hayas recuperado. Habló con el médico, quien le dijo que tenéis varias costillas rotas y que no le parece conveniente que salgáis hoy al campo, por vuestro bien, ya que corréis el riesgo de que os perforen el pulmón.

– ¡Maldito entrometido, le advertí que no abriera la boca!

–  Pero además, y perdonad, soy sólo un mensajero –prosiguió Genicourt-  recordad que el torneo es a derribo del adversario, y vos habéis sido derribado, mientras que vuestro rival permaneció sobre su cabalgadura… en suma, los jueces han decretado que Comminges fue el vencedor y que vos habéis quedado eliminado.

– ¡Cómo, que decís, voto al Papa y a Belzebú, esto es traición! ¿Mi rival fue el vencedor de la justa, cuando él está muerto, lamentablemente, pero está total y completamente muerto y yo estoy más vivo que nunca? ¡Es una decisión artera y me niego a aceptarla! ¡Me presentaré ante los jueces y exigiré una rectificación, y desafiaré a quien falsamente se pronuncie en mi contra!

El esfuerzo y la agitación renovaron el dolor agudo de su pecho, y respirando entrecortadamente y llevándose la mano al tórax buscó asiento en el mullido sillón nobiliario que tenía su escudo grabado sobre la madera, un león rampante en oro sobre campo de gules con una guarda de hiedra en sable.

– Tened cuidado con vuestras palabras, y perdonad señor lo que voy a deciros. El propio Valois encabeza el jurado, y se preocupa por vuestra suerte. Su médico, que si recordáis bien concurrió a ayudaros tras el combate, le dijo que dudaba que estuvieras en condiciones de tomar un arma el día de hoy, sin grave riesgo para vuestra vida.

– ¡Otra vez el médico, maldito matasanos, qué sabe él de cuestiones caballerescas, sólo la muerte puede impedir a un caballero lidiar por su honor! ¿Y qué pensáis hacer, atar a Comminges sobre su cabalgadura y mandarlo al campo, pensáis acaso que un muerto tiene más oportunidad que un vivo?

– ¡Vaya, como el Cid Campeador, que ganó la batalla después de muerto!- musitó Alfaz, buen conocedor de la leyenda del gran caballero español, el Cid Rodrigo Díaz de Vivar.

– ¡Tranquilo Conde, que mi señor Valois cree que es una salida elegante, os aprecia demasiado, y os necesita, como para permitir que arriesgues tu vida hoy en el campo! ¡Nadie podrá decir que rehuís el combate, si es el propio consejo de nobles el que os impide luchar!

– ¡Pues no quiero una salida elegante, quiero una salida honorable! ¡Que se decrete que en el combate no hubo vencido ni vencedor y se me permita nombrar un paladín que tome mi lugar, es mi derecho!- afirmó Lusignan airado y el dolor lo hizo doblarse sobre sí mismo.

– Pues… no sé, yo no puedo decidir algo como eso, trasmitiré vuestra propuesta, ¿y quién sería vuestro paladín, por si cuadra?- dijo Genicourt con una mirada entre condescendiente y despectiva, que para su fortuna no fue advertida por Lusignan, que trataba de recuperarse con los ojos cerrados, ni por Alfaz, que había quedado a su espalda.

– ¡Rodrigo de Villajosa, aquí presente, Conde de Alfaz y Caballero de la orden de Calatrava!- afirmó el orgulloso señor de la Marche- Angulema.

– ¡Quién, yo!- fue la esperable respuesta de Rodrigo ante la inesperada proposición.

– ¡Sí, tú! ¡No encontraré caballero que me represente mejor!

La discusión que siguió entre los tres es puramente anecdótica, para qué reproducir argumentos que el lector supondrá, de uno y otro lado. Lo cierto es que no pudieron hacer retroceder en su propuesta a Lusignan, la que se volvió exigencia:

– ¡Si me sacan del torneo, me retiro de Gailsden como que Cristo es Dios! ¡Si Comminges no se presenta a la arena es a mí a quien corresponde hacerlo! ¡Bien que mi condición física no es la mejor, pero si no aceptan mi reclamo pensaré que la flor y nata de la caballería francesa tiene temor a un simple caballero español!

– ¡Está bien, señor, no te agites que tu condición no lo hace aconsejable! ¡Transmitiré vuestras palabras a su excelencia el Conde de Valois y a los honorables jueces, pero no os puedo asegurar ningún resultado, antes bien creo que será en vano!

– ¡Hacedlo, y exactamente cómo lo he planteado! ¡Si no aceptan declararé que todos ellos se han retirado y yo y mi paladín somos los vencedores de la justa, y me volveré sin más a mi tierra de la Anguleme!

Cuándo Genicourt de L’Islle se hubo retirado Alfaz se dirigió a su flamante promotor con términos asombrados:

– ¿Cómo y cuándo se os ocurrió semejante idea?

– Ahora mismo, cuando quise incorporarme de golpe y sentí un agudo dolor en el pecho que sin duda me impedirá sostenerme sobre el caballo. No pensaba retirarme, pero la imprevista ocurrencia de mis adversarios me da pie para esta salida, ¿estás dispuesto, verdad? Serás mi paladín, de lo que me correspondiere en este torneo te corresponderá toda la ganancia material, joyas, armaduras, caballos. Y si me correspondieren tierras las gobernarás a mi nombre, yo tengo que ocuparme de mi propio feudo.

– No es una mala oferta… y la verdad es que me moría por intervenir. ¡Acepto, si es vuestra voluntad y me lo permiten, no quedarás decepcionado!

– Estoy seguro de ello, ven acá y dame un fuerte abrazo. ¡Ay, no, mejor no!

Es suficiente si me estrechas la mano…

Y así quedó sellada una alianza que perduraría en el tiempo entre dos nobles caballeros que se reconocían el uno en el otro, pero que tendría funestas consecuencias para el propio torneo y para las aspiraciones de Valois y sus seguidores.