Cap. XIII- Elección de Bertrand de Got, bajo el nombre de Clemente V

13- LA ELECCIÓN DE BERTRAND DE GOT

 

Niccoló Bocassini, obispo de Ostia, dominico, fue electo Papa a la muerte de Bonifacio VIII, pero poco le duró. Desavenencias con el sínodo lo relegaron a Perugia, donde murió poco después. ¿Tuvo el rey francés algo que ver con esta desaparición física? Imposible afirmarlo, ni negarlo. Lo cierto es que en poco tiempo tenemos el Concilio Ecuménico reunido nuevamente, esta vez en la Iglesia de Santo Domingo, en Perugia, para elegir nuevo Papa. La razón del traslado del Sínodo de Roma a Perugia fue la caótica situación de la por entonces decadente ciudad papal.

Felipe IV, el Hermoso, no estaba dispuesto a que se le escapara por tercera vez la elección del heredero del trono de Pedro. Tenía planes inmediatos contra los Templarios y judíos, cuyos bienes aspiraba a obtener a como diera lugar, para resarcirse de la desastrosa aventura de Flandes. Su hombre en Roma era, se sabe, Bertrand de Got, obispo de Burdeos. Tan difícil como conocer los movimientos que ocultos en las sombras realizaron los enviados de Felipe IV es saber lo que allí adentro se discutió, pero algunos restos de conversaciones y acuerdos llegaron a nosotros, trasmitidos por quienes los oyeron y no se atrevieron luego a denunciarlos o a ponerlos por escrito, pero lo contaron a sus fieles y adeptos en círculos cerrados y misteriosos. De estos algunos no supieron guardar el secreto, y lo contaron a su vez a terceros, y así se fue extendiendo la historia, que como todo rumor encubierto y oculto, puede padecer y padece seguramente de vicios de  exageración, invención y medias verdades. Pero es lo que ha llegado a nosotros y así lo contamos, como nos lo contaron.

Así habló el Cardenal Pedro Rodríguez, castellano, Obispo de Burgos:

-¡Necesitamos un Papa fuerte, que se oponga a los designios de los reyes, y en especial de ese Felipe IV, que parece querer poner a la Iglesia a su servicio, y lo que es peor, apoderarse de los bienes que tantos siglos de sangre y privaciones le costó obtener a nuestros antecesores y mártires!

Varios (entusiasmados, levantando los brazos, agitando mitras y birretes y expresándose con acentos italianos, gaélicos y castellanos): ¡Viva, bravo, eso es, hay que poner coto a ese rey francés que quiere engullirse la cristiandad como un lobo se traga a un cordero!

Walter Waterburn, Cardenal inglés: ¡Naturalmente se hace necesario enfrentar al emperador, propongo a Mateo Orsini, quien fuera hombre de confianza de su santidad Bonifacio VIII!

Cardenal Pontigny, francés, secretario del Concilio: ¡Calma, vuestras señorías, calma, no podemos ignorar el poder terrenal de los emperadores, o nuestros… – iba a decir privilegios, pero se contuvo- beneficios como príncipes y dignatarios de la iglesia y aún nuestros feudos y nuestras vidas se verían en peligro! ¡Debemos elegir a alguien que equilibre la situación, que sea bien visto por todos, que sea un hombre de Dios pero con los pies bien puestos en tierra! ¡Ese hombre puede ser Bertrand de Got, Obispo de Burdeos, es fama que su sola presencia amansa a las fieras, cuánto más a los hombres! El puede guiar…

Aquí se sobrepusieron voces enfervorizadas, sobre todo de italianos, que de ninguna manera querían largar el hueso, y menos aún a favor de un obispo francés, que eso jamás, que sería favorecer la causa de Felipe IV contra los bienes y los poderes terrenales de la iglesia, que Got distaba de ser un hombre  equilibrado ya que era famoso por sus exabruptos, y que sólo un cardenal romano era digno de la circunstancia; todo esto mientras el propio Got gritaba a voz en cuello que él no era ningún energúmeno y que los afirmaran lo contrario los iba a zurrar de lo lindo, y los obispos alemanes también levantaban la voz en su extraña jerigonza que nadie comprendía. En suma que nadie se entendía y el acuerdo estaba aún muy lejos. Fue entonces cuando agotados y hambrientos, pensando más en los placeres de una buena mesa que sin duda los aguardaba en algún lugar, y la compañía placentera de algunas damas romanas, de esas que siempre andan rondando las sotanas, resolvieron levantar la sesión por ese día, y reiniciarla al día siguiente, a la hora en que el sol se despegaba del horizonte, no fuera cosa de no descansar lo suficiente. Se dirigieron en grupos hacia la gigantesca puerta, comentando los sucesos del día, algunos en forma risueña, otros alterados, pero todos pregustando los placeres de la noche.

Pero cuando abrieron la puerta se encontraron con sorpresa que en lugar de los guardias vaticanos había soldados que por su uniforme parecían franceses, quienes con sus lanzas cruzadas sobre la entrada les impedían la salida.

“Pero… ¿qué está ocurriendo, quiénes son ustedes?” gritaron varios al mismo tiempo entre murmullos, gemidos, con los rostros pálidos y contraídos. Algunos que ya se veían en una mazmorra o en una pira como en la época de  las invasiones bárbaras retrocedieron apiñándose a un costado como pichones asustados.

Un chambelán vestido a la usanza francesa, con un gran sombrero de plumas, una enorme gorguera y coloridos bombachudos se adelantó emergiendo de entre los soldados, se quitó el sombrero y lo arrastró por el suelo en una afectada reverencia.

Chambelán: Excusadme vuestras señorías, su excelencia Felipe IV de Francia, recientemente arribado, me ha encomendado la difícil misión de advertiros que no debéis abandonar la sala hasta tanto no hayáis elegido al nuevo Papa. Muy importantes asuntos le impiden esperar indefinidamente por esta elección, que entiende es imprescindible para continuar con sus campañas para el engrandecimiento del cristianismo. De manera que regresad ahora y continuad con el concilio. Se os harán llegar las vituallas necesarias, ¡pero mientras tanto no podréis abandonar este lugar!

Hizo otra reverencia y se retiró, dando por terminado el diálogo. Los soldados cerraron las puertas y desde adentro de la sala, donde los obispos permanecían en silencio, con la estupefacción pintada en sus rostros, se oyó el ominoso entrechocar de las lanzas que volvían a clausurar la entrada a fuego e hierro.

“¡Felipe IV está en Perugia, estamos perdidos!” se oyó decir al Camarlengo, Cardenal Teodorico Ranieri, mientras se mesaba desesperadamente los cabellos.

“¡No debemos perder la calma! ¡Debemos pensar en una solución que conforme a todos, pero mientras tanto es el momento de meditar y reclamar los alimentos que…!”. Quién esto afirmaba el ignoto y recién arribado obispo francés Bertrand de Got, quien por segunda vez llamaba la atención de los integrantes del sínodo. Sus palabras se vieron interrumpidas por un súbito acceso de tos que casi lo derriba por los suelos ante la mirada atónita de los demás cardenales.

Bertrand de Got: Perdonad amigos, compañeros de infortunio- ¡cof!-, yo soy quien más tiene que perder con esta interrupción. Me resta muy poca vida, quizás unos pocos días- ¡cof!-, y no quisiera vivirlos encerrado en este sitio… debo poner en orden mis asuntos y ajustar mis cuentas con Dios antes de ir a su encuentro. Debemos actuar con calma para salir de este embrollo – ¡cof, cof, cof!-…

Ya no pudo seguir y buscó asiento, cubriéndose ampulosamente la cara con un enorme pañuelo, mientras era ayudado solícitamente por quienes le rodeaban.

“Tiene razón”, “debemos conservar la calma y buscar una solución que nos convenga”, “yo tengo hambre, vamos a reclamar los alimentos prometidos”, “necesitamos comer para pensar mejor”, “eso, que el hambre no es buena consejera, estos no son asuntos del espíritu, sino que son terrenales y temporales”, “que raro, no había sentido a este obispo toser antes, y eso que estaba a mi costado”,  “¿Got, no?, creo que se llama Bertrand de Got, y es francés”, “en que terminará todo esto, estamos en manos de Felipe IV, y es un rey que no se detiene ante nada”,  “¡tendrá que detenerse aquí, con la Iglesia ha topado!¡Demasiado rival para cualquiera, aunque sea un emperador!”. Estas fueron algunas de las expresiones que recorrieron el vasto salón, cuyos altos vitrales descomponían sobre los níveos mármoles las últimas luces del atardecer.

Algo más calmados pero no menos preocupados los cardenales golpearon a la puerta desde adentro, y reclamaron la presencia del chambelán que habían visto antes.

Allí habló Giovanni Boccamaza, decano del Colegio Cardenalicio:

– Visto que no tenemos elección debemos comer, y también dormir, ¿cómo haremos en este despojado recinto?, ¡no hay aquí ninguna comodidad! Muchos de nosotros somos viejos y enfermos, si dormimos en el suelo no podremos levantarnos mañana del dolor y los achaques de los huesos…

Chambelán: Sabéis como yo que hay habitaciones en el piso superior. Allí podrán descansar los más… achacosos, para los demás traeremos mullidos colchones, ¡no vayáis a padecer las incomodidades que sufrió el Señor! También se os hará llegar la comida por la ventanilla de la puerta, ¡y recordad, no podréis abandonar este recinto ni recibir a persona alguna ni cambiar palabras con nadie del exterior hasta que hayamos Papa! ¡Son órdenes estrictas de Felipe IV, y por vuestra vida y la nuestra, más vale que no lo desobedezcamos!

Cardenal Boccamaza ¿Y si no podemos tener contacto con nadie cómo haremos saber cuando esté pronta nuestra decisión?

Chambelán: No tengo idea… pero se me ocurre algo: haced un fuego en la chimenea de la sala, es bien alta y se ve desde toda Perugia. Echad ramas secas cada anochecer si no tenéis la decisión, el humo saldrá negro, pero si habéis elegido al Obispo de Roma, al sucesor de San Pedro, entonces echad ramas verdes, el humo será blanco, y sabremos que hay Papa. ¡Entonces el pueblo entero se congregará a las puertas de San Pedro, nobles y plebeyos, prontos para vitorear al Santo Padre! Pero mientras tanto, ¡no oséis asomar ni las narices!

Raniero (mascullando por lo bajo): ¡Necio, grosero, ya pagarás por tus impertinencias!

Chambelán (haciendo una reverencia y retirándose): ¡Perdón si os ofendo, yo sólo soy un peón en este juego!

Un rato después, que a los obispos les pareció eterno, comenzaron a llegar los servidores trayendo lo prometido: colchones, jarras con agua y vino, y bandejas conteniendo pan y algunas  frutas.

“¡Esto es todo! – reclamaron escandalizados varios prelados- ¡Es indigno de nuestro rango y jerarquía, esto es demasiado escaso hasta para los siervos, ni a ellos se les niega un trozo de carne asada y un buen pastel almibarado!”

Bertrand de Got (asumiendo protagonismo, aunque interrumpido un par de veces por inoportunas tosecitas): ¡Es una prueba que Dios nos impone, debemos demostrar que somos dignos de él y afrontar las pruebas- ¡cof!-… no nos dejemos arrastrar por la indignidad, comamos y bebamos frugalmente -¡cof!-… que ya nos desquitaremos de todas estas injurias y privaciones!- ¡cof, cof!

Surgieron entre el público algunas voces de aprobación y resignación y los cardenales se dispusieron a consumir su frugal alimento prometiéndose grandes y compensatorios banquetes futuros. Los obispos franceses, a todo esto, se excusaron de comer, dejando desinteresada y piadosamente su parte a los demás obispos, y se retiraron a una habitación de la sacristía donde se dispusieron a pasar la noche cerrando herméticamente la puerta de comunicación con el interior del edificio.

Al otro día, bien temprano, y repuestos sólo a medias los integrantes del sínodo se dispusieron a reanudar el concilio, debilitados y adoloridos por el semi ayuno y la carencia de los suntuosos lechos cardenalicios.

Y así pasaron días sin llegar a ningún acuerdo, debilitándose diariamente por la frugalidad de la comida. Aunque algunos percibieron que la inesperada dieta parecía mejorar su precaria salud y tomaron nota con vistas al futuro, la mayoría se quejaba amargamente y se daba a los diablos, con perdón, por aquella falta intolerable a su rango espiritual.

Alguien se fijo entretanto que los obispos franceses parecían  despertar cada día repuestos y rozagantes,  pero cuando  alguno lo comentó en voz alta Bertrand de Got respondió que la fe y la voluntad divina los habían reconfortado y alimentado, pero que su estado de salud distaba de ser el mejor. Y por ahí quedó la cosa. Un rato después, como para unir los hechos a las palabras, el mofletudo y rosado Bertrand de Goth sufrió un vahído y sus acompañantes le sostuvieron dificultosamente mientras uno de ellos arrimaba solícito un sillón, donde lo reclinaron con grandes  aspavientos de pañuelos y ayes lastimeros.

Mientras tanto la discusión de cada día se reiniciaba sin ningún resultado: los obispos italianos, los germánicos y los franceses tenían sus propios candidatos y no se ponían de acuerdo. Existía la conciencia de la amenaza latente: Felipe IV, “el Hermoso”, estaba a las puertas de San Pedro, y nada podría hacerse contra su voluntad. Aunque el orgullo llevaba a mantener tercamente sus posiciones a algunos, otros, bien intencionados, creían sinceramente que había que defender a la Iglesia de las acechanzas imperiales. Otro día se fue sin resultados, cada uno en sus trece. Al anochecer se acordaron de  las disposiciones del Rey y echaron un poco de leña seca en la chimenea, que ardió echando humo negro.

Cuentan que Felipe IV hizo una rabieta de niño chico, maldijo a todos los obispos habidos y por haber y poco faltó para que irrumpiera con hombres armados en el sínodo y según sus propias palabras: “¡yo le voy a enseñar a estos parásitos verrugosos lo que vale el tiempo de un rey, ellos juegan a la elección mientras se regodean los turcos, los templarios, los judíos y los flamencos, los voy a tratar a ellos también como enemigos!”. Disuadido de una intervención de facto por sus consejeros, les concedió tres días más, pero juró y perjuró que pondría a todos aquellos inconscientes y traidores en una profunda mazmorra si no cumplían el plazo. No se le ocultaba a Felipe, que era tan ambicioso como astuto, el efecto que un hecho así provocaría en la cristiandad, pero estaba seguro que sus palabras llegarían de alguna manera a sus rehenes, como efectivamente ocurrió.

Los dos días siguientes transcurrieron en las mismas condiciones. Hacia el anochecer del tercer día los obispos estaban desfallecientes por la frugalidad de la comida y la falta de descanso adecuado. Solo los obispos franceses lucían frescos y vigorosos, y no escatimaban esfuerzos a la hora de la argumentación Hubo alguno, como Ambroisse, obispo de Toulouse, que habló durante horas, y nadie recuerda bien de qué. Los más suspicaces hicieron correr el rumor de que en horas de la noche, por una ventana oculta en un rincón remoto de la sacristía, se hacían entrar grandes bandejas portando exquisitos y abundantes manjares que iban a dar directamente al recinto donde reposaban los obispos franceses, quienes, se agregaba, disponían de lechos y colchones mucho más confortables que los que malamente padecían los demás miembros del honorable concilio.

Resultado: que los francos estaban cada día más firmes y dispuestos a resistir en sus posiciones, y los demás cada día más débiles, tanto en lo físico como en la argumentación. Se acercaba además el final del plazo estipulado por Felipe IV. En esas circunstancias en un improvisado conciliábulo se reunieron los obispos que favorecían al Camarlengo Raniero, quien a su vez ensalzaba permanentemente  al Cardenal Colonna, romano y hermano del Jefe Militar del Sacro Imperio, Sciarra Colonna, quien podría ser una espada a esgrimir frente al mismísimo Emperador. Estos, los italianos no estaban dispuestos a ceder en lo que respectaba a Bertrand de Got, candidato de los franceses y notoriamente favorable a los intereses de Felipe IV.

“¡Es un advenedizo, un recién  llegado sin mayores méritos!” protestó Raniero “¡además han llegado a este Sínodo algunas historias que hablan de sus excesos, es un hombre mundano que no siente el apostolado!”,  “¡es incondicional de Felipe IV, hará cuánto éste le ordene!”. Estas y otras voces se oían contra la descabellada propuesta, pero la voz calma de Waterburn, Cardenal de la remota Inglaterra, quién explicó en un toscano rústico su fundamentación: “¡El hombre se está muriendo, sería una salida temporal, en poco tiempo estaríamos eligiendo nuevo Papa, y tomaríamos buen recaudo de mantener a distancia a Felipe IV!”.

Esta última consideración hizo mella en la resistencia de muchos de los circundantes, ya agotados y debilitados por la mala comida y las rigurosas condiciones del encierro, más dignas de un eremita que de los altos dignatarios eclesiásticos. Todos miraron inquisitivos hacia donde estaba de Got. Fue como una señal divina. El rostro de éste adquirió de repente una gran palidez e inequívocas muestras de dolor, entró en un estado convulsivo y se desvaneció sobre el mullido sillón que le habían adjudicado en vista de su delicado estado de salud. A su alrededor se congregaron rápidamente varios obispos que se desvivían agitando trapos, trayendo jarras de agua y abrieron su hábito para ayudarlo a respirar. Por debajo se pudo ver a un hombre austero y piadoso, además de una rústica camisa de tela plebeya se destacaban una cruz y un cilicio. “¡Es un santo, es un santo!” gritaron varios, uno se acercó reclamando: “¡debemos adjudicarle los santos óleos, este hombre está agonizando, la emoción fue demasiada para él!”, pero otro se interpuso y mostró un relicario que abrió ostentosamente expresando de viva voz que contenía una reliquia divina. Los más cercanos pudieron apreciar que se trataba de un clavo herrumbrado y medio torcido. “¡Es un clavo de la cruz de Cristo-exclamó- el propio Godofredo de Bouillón, Señor de Jerusalén, Jefe de la Gran Cruzada, se lo obsequió a mi familia, en la cual ha permanecido durante casi dos siglos: si esta santísima reliquia no devuelve la vida a nuestro amado obispo de Burdeos nada podrá hacerlo!”. Acercó el relicario a la cara de Bertrand depositándolo sobre su frente mientras rezaba fervorosamente. Abrió los ojos Bertrand con una mirada iluminada dirigida a lo alto y con voz tremolante expresó “¡Gracias Señor mío, muchas gracias -¡cof!- … porque tu amor e  indulgencia me permitirán ver el final de este Sínodo -¡cof!… pronto, pronto acudiré a reunirme contigo, cof, cof!”. Pareció recuperar en algo la respiración aún agitada, se secó la frente sudorosa con las amplias mangas de su ropón, apartó discretamente una jarra de agua y optó por una de vino de la cual bebió golosamente. Habiendo recuperado el color de su rostro juntó sus manos sobre el pecho con actitud contrita y dijo: “¡Perdonad hermanos esta interrupción, continuad por favor- ¡cof!-, ya no os ocupéis de mí, vuestra sagrada misión es lo único que importa ahora!- ¡cof, cof, cof!”.

Esta espectacular escena terminó de convencer a los reticentes de que Bertrand de Got era la persona indicada para portar, durante breve tiempo, las ínfulas y el cayado de Pedro. Alguno expresó tímidamente que nunca había oído hablar de la tal reliquia, aunque como todos sabían eran muchas las que habían llegado desde Jerusalén luego de la conquista de los Cruzados: pedazos de la cruz, incontables clavos de la misma, restos de la túnica del Señor, y hasta Leonor de Aquitania  había asegurado tener en su poder el  mismísimo Grial, el vaso sagrado que había contenido la sangre de Jesús. Otros opusieron que no era el momento para ocuparse de eso, que ya investigarían más adelante su autenticidad, y que ahora había que elegir nuevo Papa antes que desfallecieran todos, y que el agonizante Bertrand de Got era la mejor opción para salir del paso.

Abreviemos este episodio que ya está haciéndose agotador para los obispos y para todos. En resumidas cuentas esa misma tarde echaron leña verde en el hogar y el esperado humo blanco brotó de la chimenea de Santo Domingo, ante la algazara del fervoroso público creyente venido de todos lados, y ya alertado de lo que significaba aquello.

“¿Quién, cómo dices que se llama el nuevo Papa?” “Nunca había oído ese nombre” “Francés, ¿un Papa francés?, ¡las cosas que hay que ver!” fueron las reflexiones más frecuentes que circularon entre la gente, que sin embargo rápidamente dejó de lado sus recelos para acoger con vivas al nuevo Papa, como acontece habitualmente, cuando éste, que lucía muy recuperado en su estado de salud saludaba eufóricamente desde un alto balcón.

El más feliz de todos fue Felipe IV, el “Hermoso”, quién no podía más de tanta satisfacción, ya era tiempo que las cosas se dieran vuelta. ¡Malos tiempos vendrían para los judíos, los templarios, los catarenses y todos los que se pusieran en su contra y de su objetivo de unificar el país de los francos! Pero antes debía cumplir uno de sus anhelos más caros, trasladar la sede del  papado a algún lugar del su propia tierra, y él ya tenía algo en vista, así que mientras se dirigía a reunirse con el nuevo Papa, rodeado de su colorida corte, iba entonando primero por lo bajo, y luego cada vez más alto, para que todos lo oyeran una antigua y popular tonada infantil:

“¡Sobre un puente de Avignon,

Todos cantan todos cantan

Sobre un puente Avignon

Todos cantan y yo también!”

El resto de la historia es más o menos conocida: la Sede del Papado fue trasladada a la ciudad de Avignon, en la Provenza francesa, pero bajo jurisdicción de los Estados Pontificios, donde sucesivos herederos de Pedro establecieron su égida durante siete décadas, y el primero fue Bertrand de Got, súbita y misteriosamente restablecido, un milagro que algunos adjudicaron a la reliquia del Obispo de Bavaria, otros a la voluntad de Dios y otros al carácter marrullero y poco ético del nuevo Papa, quién habría fingido en el sínodo una enfermedad que nunca padeció.

Bertrand de Got, convertido en Clemente V, vivió todavía diez años, y su papado se caracterizó por la disipación en que transcurrió, en medio de orgías y banquetes, y murió más bien como consecuencia de sus excesos que de un precario estado de salud.

En todo secundó a Felipe IV, quien llevó a cabo sus planes de manera estricta e inmisericorde. Mientras tanto su hermano Carlos seguía afanándose en un remoto confín para reconstruir a su favor el desmembrado reino de Aquitania, para lo cual ya nunca pudo contar con su antiguo y forzado aliado Bertrand de Got, quien bajo el nombre de Clemente V se transformó en una refulgente pieza, llámesele alfil o bishop, del tablero que gobernaba con mano férrea Felipe IV Capeto, apodado El Hermoso.