La Conjura de Gailsden – Cap.3

AMANT- CAP. 3

 

-¡Maese Bonflay!-  gritó el barón desde su terraza. El  obeso capitán dormitaba en una garita en murallas y despertó sobresaltado.

-¡Despierta atorrante, lo único que sabes es dormir y babearte! ¿No ves que se aproxima una tormenta? ¡Y esos malditos  imbéciles no hacen nada para prevenirse! ¡Baja ahora mismo al puerto e impón algo de disciplina y actitud!

El capitán se cuadró y  se lanzó escaleras abajo. Debía cumplir bien esa orden, moverse con suma diligencia, no olvidaba que pesaba sobre él la amenaza de degradación y le constaba que no debía fallar en ninguna circunstancia.

Lo primero, para pescar  in fraganti a los grumetes que cumplían las funciones de vigías era evitar que sus incondicionales alcahuetas, las doncellas del servicio, les dieran aviso. No se sabía cómo,  quizás a través de señales luminosas u o a través de algún otro método, pero lo cierto era que las sirvientas de palacio lograban advertir a tiempo a  los mocosos de su llegada, de forma que cuando él se apersonaba, los encontraba a todos  muy seriamente aplicados a sus tareas.

Atravesó disimuladamente el patio central y se introdujo en  la torre de los retretes donde se hallaba oculta la entrada a un túnel  secreto que conducía al exterior del castillo. Generalmente era una vía de escape hacia el puerto, ahora debía servirle para sorprender a los despreocupados marineros de guardia.

Tuvo la mala suerte de toparse con el pinche de cocina con el que solía compartir las sobras de las comidas del barón -la mayoría de las veces eran más que simples sobras-. Nada podía resultar tan bochornoso como verse obligado a mantener un coloquio con semejante pelmazo.  Simuló ir a desahogar su vejiga, pero el mozo comenzó como siempre a explayarse sobre cualquier tema sin ton ni son. El Capitán le escuchó un momento y luego no soportó más y le ordenó que se retirara, que nada le gustaba menos que compartir el común, como se llamaba a las letrinas de la tropa, con un simple subalterno, acompañando estas palabras con un gruñido y una mirada asesina. Chambelot –que tal era su nombre- supo interpretar el gesto del capitán a la perfección, cortó el interminable chorro de sus necesidades y se retiró agitando su miembro en todas direcciones.

Al quedar  solo, Bonflay accionó lo que simulaba ser la tapa de una cloaca  y penetró a un estrecho túnel. Gateó un trecho en tinieblas hasta que por fin emergió  fuera de murallas en  un lugar cercano a la playa. Al pisar la arena reptó por los juncales hasta aproximarse al embarcadero.

El cielo se oscureció y una fuerte ventisca comenzó a rizar las crestas de las olas.

-¡Ajá!– se dijo-, después de todo lo de la tormenta no era tan disparatado.

Al llegar al embarcadero pudo comprobar que el “Odín”, el buque insignia, y además el único de la flota  del barón, se encontraba con las velas desplegadas bamboleándose en la ensenada. Se trataba de una falta grave, a esa hora ya debía encontrarse en el varadero del castillo y con todas sus velas replegadas.

-¡Grandísimos irresponsables, ya verán cuando les ponga las manos encima!

A hurtadillas se deslizó por entre los botes de alije y se acercó a la entrada del embarcadero. Le tomó prestado su sombrero a uno de los mozalbetes, que  hacía las veces de guardia y que dormía plácidamente en la entrada de la rampa. Se lo encasquetó en la nuca -era demasiado pequeño para su cabezota- y avanzó lentamente por la escollera. Los jóvenes grumetes en el extremo del muelle se hallaban concentrados en los dados y ajenos a los avatares del mar y las disputas de los hombres. A medida que se acercaba podía escuchar lo que conversaban; uno de complexión robusta y pelo rojizo,  remolineando el cubilete, expresaba con socarrona convicción:

-¡Cuán  inhóspito es este lugar, el sol  nos quema y el viento nos vuela las apuestas! ¡Cuándo será el feliz día en reviente ese cerdo de Bonflay y podamos  jugar tranquilos en la playa bajo la sombra de los pinos sin que nadie nos moleste!

-Cierto, – contestó otro de los mozalbetes, desalineado y ojeroso, que debía estar perdiendo porque no despegaba la vista de las apuestas – pensar que tantas personas honestas y saludables sucumben y  sapos viciosos como ése nunca terminan de…

El infeliz no logró concluir la frase en la estabilidad de la rampa. Seguramente se haya arrepentido de lo dicho en el breve trayecto que lo proyectó al mar. El estruendo al estrellarse contra las gélidas aguas del Canal Inglés hizo despertar de su indolencia al resto de los jóvenes.

Tras  el golpe asestado al desprejuiciado hablador Bonflay intervino con afectada cortesía:

– ¡Por favor proseguid, no os preocupéis por la tormenta, yo me encargo de bajar las velas y llevar la nave a resguardo, no ha sido mi intención perturbarles!

-¡¡Bonflay!! – Exclamaron aterrorizados los grumetes al reconocer el rechoncho rostro  de su superior, e ipso facto huyeron despavoridos por el muelle. No todos lo lograron, un gordito, que por su posición y su falta de agilidad ni siquiera intentó la maniobra de escape, decidió enfrentar la situación diplomáticamente.

-Veamos, veamos, que tenemos acá – dijo Bonflay paternalmente – el único razonable del grupo  ¿quizás puedas explicarme la absurda actitud de tus compañeros que tanto dramatizan un intrascendente episodio? ¿Temen que pierda la paciencia quizás, es para tanto acaso?

El gordito, estático y  desencajado de pavor, permaneció con la mirada baja y suplicante sin atreverse a contestar la pregunta de Bonflay. Pero ante la actitud benévola del mismo, lenta y tímidamente  comenzó a  animarse, intentando esbozar una  sonrisa en gesto conciliador. Balbució  lo que parecía una explicación,… pero no es seguro que lo fuera –en realidad nunca lo sabremos- porque no hubo piedad con él. Antes de que el más leve gemido aflorara en su garganta, recibió una fuerte patada en el trasero  que lo lanzó en  la misma elipsis de su  compañero con un  impacto aún más ruidoso que el anterior.

El barón de Gauillón, desde su torre de  homenajes, aplaudía y agitaba sus brazos en señal de aprobación. El capitán  Bonflay se había ganado un lugar en su mesa esa noche.

Pero en cuanto la batahola se aplacó un poco, aunque sin terminar, porque el capitán comenzó a arriar a los jóvenes para que cumplieran con sus obligaciones, el barón cayó nuevamente en apatía. No podía evitar el ensimismamiento que desde hacía tiempo le tenía aletargado. Dejó vagar  su mirada por la hilera de juncos escamados de plata que  viboreaban río arriba y al levantar la vista percibió hacia el horizonte una  línea de humo blanco. Por un extraño sortilegio se le inflamó el corazón. ¡Sí,  esa  hoguera   provenía  del pueblito lejano de pescadores donde habitaba ella… la bella aldeana con la que se había topado en las cocinas de su castillo y que tanto lo había impactado!

La humareda representaba para él una señal del destino. Un momento mágico   evocativo de la tierna imagen de la doncella, en el preciso momento  en que sus miradas se cruzaron en la cocina del  castillo.

Fue en una de sus visitas habituales  cuando, tan sólo un instante, pudo contemplarla. Era una dulce criatura de blanca y reluciente dentadura, de tiernas mejillas sonrojadas y por sobre todas las cosas con una profunda alegría de vivir que emanaba de todos los poros de su piel. Muy especialmente había quedado enamorado de los chispeantes ojos color verdes grisáceos. Marcado  para el resto de su vida. El amor a primera vista existía y había  un antes y un después en su vida luego de ese instante mágico.

Se preguntaba si alguna vez la volvería a ver, permaneció alhelado los  pocos segundos en que ella había entregado su cesta al cocinero y tras una breve y graciosísima reverencia se había marchado, esfumándose  quizás para siempre de su vida. Quizás debió haberla retenido, haber echado mano a su autoridad bajo cualquier excusa, pero fue solo un rato después que se dio cuenta de que ya no podría nunca más sacarla de su cabeza. Se precipitó entonces escaleras abajo, la buscó en el patio, en la cocina, en los alrededores, ante la mirada sorprendida de sus servidores, pero fue inútil. Como había aparecido desapareció, quedando clavada en su memoria como una mariposa.

Se había informado de  que la chica era una de las hijas de Pedro el pescador, ¿Pero cómo podría?… él, el todopoderoso de la comarca, conocer y entablar contacto con una humilde pescadora.  Abordarla con la excusa de felicitarla por las exquisitas langostas y arenques con que proveía a la cocina del castillo era absurdo, no era tarea que le correspondiera a él sino a Alphonse, su jefe de  cocineros.

Sabía su nombre,  Ximena Dafons, hija menor de Pedro Dafons,  una especie de patriarca de los pescadores de la costa. No había sido fácil sacarle esos datos a su mayordomo evitando mostrarse demasiado interesado por la muchacha.

– Debéis llevar registros de los datos personales de nuestros proveedores, Alphonse, es necesario para una correcta administración  de la hacienda y sobre todo para proteger nuestra salud, es menester que sepamos  de donde provienen los alimentos que ingerimos.

– ¡Es que los que nos proveen son siempre los mismos, señor! Todos son súbditos de vuestra baronía y si les vieras la facha seguramente se os quitarían las ganas de preguntarles de donde provienen o cómo se llaman.

-No obstante Alphonse, debemos solicitarles que dejen sus datos mínimos, donde suelen afincarse y sus nombres completos. La semana pasada me he encontrado en la cocina a una  aldeana que nos ha provisto de pescado, nunca la había visto y no sé nada de ella ni de su familia, ¿cómo sabemos que no es una espía, o una traficante sin escrúpulos?

 

A su cocinero jefe le pareció raro el súbito interés de su amo, quien por lo general ni remotamente se preocupaba por ningún aspecto de la administración o de la cocina del castillo. Ni lerdo ni perezoso, aprovechó para anotarse un tanto a su favor.

-Os equivocáis señor, no es ninguna desconocida, os referís seguramente a Ximena Dafons, una de vuestras leales súbditas, la familia Dafons es una honrada familia de vuestra baronía…

– ¿Pero no es esa familia la de los herreros?

– ¡Oh no Su Señoría, su padre Pedro Dafons es un simple pescador!  Ximena, su hija menor, se encarga a veces de las entregas en el castillo. Es una excelente cocinera, sus recetas de  crêpes de mejillones con ensalada de algas en ajillo y las ostras al dorado con las que sueles acompañar vuestro Muscadet frío de la noche son recetas de su autoría, y opino que es la mejor forma de…

-¡Calla Alphonse!, no estamos tratando temas gastronómicos en este momento, concentraos en lo que os pido, no me basta el nombre de esas gentes, ¡debo saber también donde se afincan! – remató enérgicamente el barón.

Los ojos del noble Alphonse se desorbitaron.

-¿Dónde viven los Dafons? ¡Pero si son  pescadores nómades que ni siquiera tienen una residencia fija!  Se los ve acampando en distintos lugares de las riveras del río Blanqué, salvo en invierno claro. Quizás entonces se alojen en una choza en alguna aldea de los alrededores…

-Deben fijar un domicilio donde se les pueda ubicar, se establecerá como condición indispensable para todos los proveedores del castillo, eso los disuadirá por  si alguna vez intentaran engañarnos. También debo saber dónde ir a cobrarles los impuestos, ¡muy bien les va a los proveedores de la baronía!

– Si es la voluntad de vuestra excelencia así se hará.

Por supuesto Alphonse que no era tonto y  se concentró en averiguarlo todo sobre Ximena. Los Dafons no asistían a  parroquias, no poseían registros de  bautismos y se decía que habitaban en una aldea de las nacientes del río Blanqué, justamente de donde provenía aquel lejano hilillo de humo que perturbaba al barón.

El cura de la villa afirmaba que los Dafons eran herejes fugitivos de tierras reconquistadas por la Cristiandad y era aconsejable mantenerse alejado de ellos. Eran sospechosos de adorar a un extraño dios del mar.

-¡Bah! ¡Eso seguramente serán pamplinas, chimentos de villanos, y harían bien con dejarlos en paz, que no es bueno andar metiéndose en la vida  íntima de nuestros leales súbditos! – dijo Gauillón  despectivamente, dejando caer una velada advertencia al cura en el sentido de que desde ahora los Dafons eran sus protegidos.

Pero un buen día el barón se derrumbó y se sinceró con su cocinero:

– ¿No serán esas señales de humo, -mi querido Alphonse- un llamado del amor? – Le confesó que había sido alcanzado en el centro de su corazón por una certera saeta de Cupido y que ahora no podía borrar a Ximena de su mente, ese dorado bronceado de su pecosa piel,  los sesgados ojos verdes, el color miel de sus cabellos y su inefable sonrisa le habían cautivado con su mensaje de armonía.

Para esa hora  los efluvios del Muscadet, el lejano tañido de un laúd y el canto de los gorriones en las almenas del palacio habían terminado de componer la extraña alquimia que llaman  amor en el alma del barón y que llevan a sincerarse con un amigo y clamar por acciones concretas.

– Esa delicada doncella, -mi querido Alphonse- en la que pienso desenfrenadamente es inalcanzable para mí. En estos momentos envidio la suerte de un simple aldeano que pudiera verla y pretenderla cercando su corazón hasta obtener su completo rendimiento.

– Sois demasiado frontal y honesto señor, por vuestra cabeza no pasa siquiera la idea de apoderarte de la dama, como es vuestro derecho. ¿No conoces acaso el aforismo antiguo “en el amor y en la guerra todo vale”?

– ¡Ah no Alphonse, de esa manera cuando esté conmigo sentiré que desea estar en otro lado, que me odia, y que me clavará un puñal o me envenenará a la primera oportunidad! sólo pienso en rendirla como un verdadero caballero, como un Lancelote o un Tristán. De otra manera no podría ser realmente su dueño. Además la distancia que separa al noble del villano es la misma en uno o en otro sentido. El vínculo del vasallaje se funda en la mutua confianza, si uno de los dos la rompiera todo el poder y las jerarquías tambalearían. ¿Pero, como haré yo sin que su padre intervenga y decida quizás subirla a una embarcación y llevarla bien lejos, a otro feudo donde  no pueda verla ni alcanzarla? ¡Estoy decidido, montaré guardia en las cocinas día y noche, y cuando vuelva a verla simularé tropezarme con ella y luego ofrecerme a asistirla y llevarla yo personalmente hasta su propia casa! ¿Te imaginas Alphonse el revuelo que causaría en la aldea verla llegar en mi compañía? Todos la mirarían de una manera distinta, la respetarían, la envidiarían, quizás ese sea el camino hacia su corazón… las mujeres son muy sensibles a esas cosas, disfrutan de la atención de los poderosos… o  quizás termine  disfrazándome de pescador y…- se detuvo agitado por el fervor de su pasión, no sólo todas esas alternativas si se detenía a estudiarlas le parecían irrealizables, sino que bien sabía que no estaba dispuesto a llevarlas a cabo. Su propio orgullo se lo impedía,  era un hombre de principios y no se rebajaría a usar el disimulo, eso sería humillante para su nobleza. En esos momentos se decía que debía aplicar el ejercicio legítimo de su autoridad y sus derechos dentro de sus dominios. Podría hacerla raptar simplemente y llevarla al castillo, y entonces… pero lejos estaba de convencerse. Pensamientos que había desechado antes volvían a su cabeza sólo para ser expulsados nuevamente. Conocía bien que su autoridad era respetada por las gentes de la villa, que lo querían por su bonhomía y su estricto código del honor. No era ningún santo, pero  siempre acataba ciertos límites entre las clases sociales y no se veía a sí mismo forzando a una mujer, más aún a una tan joven y cándida y perdiendo así el respeto de sus súbditos y el suyo propio. Debía ceñirse a ese código de honor como cualquier hijo de vecino, y quizás más aún por ser el príncipe del lugar. Sí, el Barón era un extraño señor feudal, no había muchos como él…

Respiró profundo, hizo acopio de todo su valor y pensó – Como sea es preciso que de alguna forma me encuentre con ella, y pronto, o me volveré loco. Si no me es posible  convocarla al castillo, no me queda otro remedio de ir yo mismo a hacerle una visita. No podrá negarse a mi amor, aunque tendrá que ser clandestino.

 

El barón era un hombre de su tiempo y sabía que  no le estaba dado a un príncipe  desposarse con una villana so pena de arruinar toda su estirpe y perder todos sus derechos sobre la tierra y como consecuencia  verla invadida por extraños. Pero, el amor es una droga más poderosa que  todos los prejuicios,  por arraigados que estén, y que exige acciones concretas. Por lo que a la mañana siguiente, no resistió más, se puso su vestimenta  de cazador, se perfumó  profusamente como era usual entre los señores, no muy afectos al baño, y bajó como un trueno la escalerilla hacia el embarcadero. Ordenó preparar una embarcación de calado medio, con los víveres suficientes para una larga travesía por el río. Seleccionó una decena de hombres de su confianza y al despuntar el alba ya navegaba por las cercanías de su castillo. Aún se apreciaba la redondez de la luna en el horizonte, esa que afecta a los enamorados más que a ninguno acicateándoles aún más su imprudente ansiedad.     ¿Cómo no abrumar a esas gentes tan humildes? ¿Cómo  entablar relación con la mujer que amaba y que tenía  una vida tan diferente a la suya?

Decidió empezar por desarreglarse  la chaqueta y despeinarse un tanto, no quería parecer tan acicalado, hasta lamentó haberse perfumado. Cubrió con una manta el escudo de su Baronía en la proa de la embarcación, no quería llamar la atención. Al pasar cerca del Odín, que se hallaba fondeado en la ensenada del río, la tripulación que efectuaba tareas de mantenimiento se preparó  para  recibirlo. Se vieron  defraudados porque el Barón, que iba completamente ensimismado en sus pensamientos, pasó de largo sin siquiera saludarlos y se perdió aguas abajo.

 

Cuando Gauillón llegó al extremo del río, donde éste se fundía en  el Mar Inglés, ordenó acercar la embarcación a la costa.

-¿Cómo me veo?-  preguntó ansioso a Alphonse, mientras pensaba qué sería mejor, si aparecer ante la familia de su amada con todas sus galas, aunque era tarde para eso, ya que habían quedado en el castillo, o hacerlo cómo vestía ahora, con una simple cazadora de cuero de gamuza, sombrero de dos plumas, botas cortas y cómodas, la espada pendiendo del tahalí que atravesaba su pecho, sobre el cual lucía bordado su escudo familiar, para no dejar dudas de quién era. Pese a eso consideraba que su apariencia en aquel momento era bastante discreta. Quería parecer un hombre sencillo, para no espantar a la muchacha.

Su entrada al pueblo, rodeado por media docena de soldados produjo el efecto que era de esperar. Los niños se apilaron a su alrededor mientras las muchachas y algunos viejos se asomaban a las puertas y ventanas, asombrados. Algunos lo conocían, sólo lo habían visto de lejos, claro, pero habían frecuentado el patio del castillo para llevar su mercadería y se habían acercado en ocasión de alguna festividad o procesión. Pero verlo entrar así, de improviso, al desconocido pueblo que ni nombre tenía, apenas un caserío al extremo de un riachuelo que apenas permitía entrar los botes y barcazas para ponerlos a resguardo de las temidas tormentas del Mar del Norte, eso, era algo tan inesperado como la aparición de la Virgen, bastante frecuentes por esa época, pero que nunca se había dignado dejarse ver por aquellas regiones. Y ahora esto, el mismísimo Barón de Gauillon, señor de Gailsden, se presentaba en persona y como si tal cosa se internaba en el pueblo y se dirigía directamente a la casa de un humilde pescador. Este era por supuesto el Sr. Dafons, un hábil pescador y padre de varios hijos, entre ellos Ximena, una joven cuya belleza era proverbial y traía de cabeza a todos los ganapanes de la región, por más que su padre la vigilaba muy bien y no permitía que ninguno se le acercara. Era ésta la niña de sus ojos, y seguramente aspiraba a un mejor partido. Un burgués quizás, un infanzón o un patrón de mar, alguien que mirara más a la belleza y los dones personales que a la dote o los títulos, que no los tenía en absoluto.

Cuando Gauillón llegó a su destino, guiado por un servidor que conocía el pueblo, el propio Dafons, asombrado, pálido, tembloroso, salió a recibirlo.

– Señor Dafons- rápidamente tomó la palabra Gauillón, a la vez que asía por un brazo al mencionado y lo obligaba a levantarse- andaba por los alrededores en una inspección de rutina y me dije “vamos a conocer al pescador que nos provee de exquisitos peces de mar como arenques, sardinas, bureles y también de algún gordo y delicioso lucio de río. ¿Cómo va la pesca? Tengo entendido que hace tiempo que no visitáis el castillo.

– ¡Es que no hemos tenido suerte últimamente, señor barón! ¡Los peces parecen haberse mudado a otros mares, apenas sacamos para subsistir nosotros! Pero ayer precisamente hemos capturado una preciosas lobinas, y las conservamos vivas en un estanque para poder consumirlas frescas. Si gustáis puedo…- iba a decir “obsequiarlas a vuestra merced”, pero se dio cuenta de que no era una expresión adecuada para un noble, y tras un titubeo agregó- prepararlas y entregarlas al encargado de vuestra cocina, quien veo que os acompaña, sin duda os proporcionarán una estupenda cena. Aceptadlo como un tributo a vuestro señorío…

– ¡Acepto gustoso!, pero os proporcionaré una buena recompensa, ¡no puedo permitir que mis súbditos se vean en apremios por mi causa! – respondió el barón mientras se asombraba de la generosidad de aquella gente que estaba dispuesta a compartir lo poco que tenía con alguien infinitamente más rico y poderoso.

–  Bien, preparad las lobinas, yo esperaré por aquí, confraternizando con esta buena gente… – y mientras decía esto buscaba a Ximena entre el gentío apiñado frente a la choza. No tuvo que buscar mucho,  resplandeció de repente la bella fisonomía de la joven entre otros rostros redondos y sin gracia. Su expresión era una mezcla de curiosidad y asombro. Gauillón abrió sus ojos como quien descubre una perla en el fondo nacarino de una ostra, y exclamó:

– Pero si yo te conozco, te he visto en el palacio, no creo equivocarme. Ven aquí, cuéntame ¿no eres tú la joven que hace unos días llegó hasta el patio del castillo con una canasta de arenques, bureles y hasta un lucio de carne blanca y deliciosa que degustamos con infinito placer, di, ¿eras tú verdad?

Ximena confundida, aterrorizada, no pudo contestar, apenas balbuceó algo parecido a un “sí señor”, acompañado de una modesta inclinación de cabeza. Advirtió el Barón la turbación de la joven, su miedo inclusive, y no pudo evitar que algo caliente le subiera por el rostro. Se dio cuenta que debía estar ruborizado, y se maldijo por ser tan emotivo y transparente. Fingió una tos al tiempo que se cubría la cara con la capa  para disimular.

No le fue indiferente al Señor Dafons la súbita turbación del noble y no pudo dejar de asociarla a la presencia de su hija, e inmediatamente se apoderaron de su ánimo una mezcla de orgullo y pesadumbre. La belleza de su hija era una bendición, pero podía transformarse también en una maldición que atormentase su vida. Sin saber a qué atenerse de momento, reaccionó dando órdenes rápidas y precisas a su mujer y sus hijas para que prepararan las lobinas, ello incluía pescarlas en el estanque con una red, lo que no era muy difícil, cortarles la cabeza y la cola, descamarlas, abrirlas y quitarles las entrañas. El resto se salaba para protegerlo de los insectos y del calor, aunque más  no fuera por unas horas, y se acondicionaba en sacos de cáñamo tejido. Esa preparación era necesaria para que llegaran al castillo del barón en condiciones para proporcionarle una exquisita cena.

Ximena partió con las otras mujeres a ejecutar las tareas, con alivio de su padre que se quedó entreteniendo al barón. Cortésmente le inquirió este sobre las características de la pesca en la zona y las vicisitudes de la vida de los pescadores en general y de la familia Dafons en particular. Fue así que se enteró que los Dafons provenían del norte de España, del país de los galos, llamado por ellos Galicia y por los romanos el Finisterre, el fin de la tierra. Le pareció vaga la respuesta de Dafons, quien aludió a que buscaban allí mejores condiciones de vida, pero lo dejó así y comenzó a inquirir sobre sus hijos. Se enteró que como todo villano o noble de su tiempo había tenido numerosa descendencia pero sólo unos pocos lo acompañaban en ese momento. “Sin contar a los que murieron en la tierna infancia como consecuencia de las fiebres y la dureza del clima y la vida que llevamos perdí a dos hijos mayores en el mar- le confesó- a causa de una tormenta que volteó su embarcación cuando se hallaban siguiendo los pasos de su padre. Sólo me queda un hijo varón, y cuatro mujeres. Ellos son mi orgullo, mis piernas y mis brazos, ya que a consecuencia de mi edad y los dolores en los huesos ya casi no puedo salir a aguas abiertas, me limito a pescar en la desembocadura de este riachuelo, ¡yo que antes desafiaba todos los peligros del mar para obtener las mejores presas que éste puede dar! En mi tierra hasta ballenas cazábamos, cada una de las cuales nos daba carne, aceite y grasa para un año, amén de otros productos que comercializábamos, como el ámbar, la sustancia con la que se hacen los mejores perfumes…”

“¿Y si era tan buena aquella vida por que se trasladaron tan lejos?” pensó para sí mismo Gauillón, ¿razones religiosas quizás?, pero no ahondó demasiado en este pensamiento. Su mirada y su estremecido corazón buscaban desesperadamente a Ximena, así que llamó a su cocinero, Alphonse, y le ordenó por lo bajo que entretuviera al viejo mientras él iba en su busca. No le costó mucho, bastó con salir al exterior de la cabaña y allí estaba, trajinando junto a una rústica mesa de caballete, junto a sus hermanas y bajo la mirada vigilante del único hermano varón le sacaba las entrañas a una lobina y las iba depositando en una enorme fuente donde también iban a dar cabezas y colas. Se dolió un poco de ver a la bella Ximena afanada en tan bajos menesteres y se prometió que un día tendría otro futuro completamente distinto a su lado. Se acercó a la joven fingiendo interesarse por los pescados, cuya calidad y frescura alabó a viva voz, y luego, mientras sus hombres distraían a las otras mujeres con bromas y requiebros, le dijo por lo bajo:

-¡Ah, Ximena, eres la flor de la baronía! ¡Una palabra tuya y podrías tener una vida que nunca soñaste en mi castillo, serías una señora, una princesa!

La muchacha quedó paralizada por la sorpresa. Si bien había visto la mirada del barón perseguirla insistentemente no se esperaba un requerimiento tan directo. Se ruborizó, pareció que no iba a emitir sonido alguno, pero tras unos instantes de vacilación dijo:

– ¡¿Y cuál sería esa palabra, mi señor!?

–  Pues…- Gauillón tampoco había pensado en una respuesta tan directa- sería que aceptas el cargo de… – iba a decir jefa de la cocina, pero se dio cuenta que eso sería traicionar a su fiel Alphonse, y tras meditar un instante agregó- pues sería aceptar el cargo de Ama Principal- terminaba de inventarlo-, serías la jefa de todas las servidoras de palacio, incluidas coperas, mucamas y damas de compañía, manejarías todas las llaves, eso, serías el Ama de Llaves, con derecho a participación en todas las celebraciones y fiestas y… acceso a las habitaciones privadas del barón – remató algo picaresco y envalentonado.

Cuando levantó la vista apreció al otro lado de la mesa la mirada de Edimundo, el hermano mayor, cuya sumisión había dejado paso a una expresión desconfiada, casi desafiante. Le sostuvo la mirada, irritado, hasta que el otro desvió la suya, y volvió a hablarle a Ximena:

– ¿Qué dices?, si aceptas nunca más tendrás pesares ni penurias, ni tu ni los tuyos, que yo los protegeré- Pensó que esto último era una baza importante a su favor. Escrutó los ojos de la muchacha y juraría que vio como una chispa, un relámpago detrás del verde oscuro del iris, como un náufrago que por un instante entrevé la salvación. Pero las palabras de la joven fueron todo lo contrario a lo que deseaba oír, aunque no demasiado diferentes de lo que esperaba:

– Señor, os confundís conmigo, jamás aceptaré lo que me proponéis- el tono fue cortante, helado, sin matices. Luego se volvió ella a su trabajo, sin mirarlo. Sin lugar a réplica el barón agregó todavía:

– Piénsalo bien, cualquier otra joven estaría feliz de recibir una proposición semejante; tú podrías obtener de mí casi cualquier cosa…-  se arrepintió enseguida de estas palabras que revelaban la intimidad  de sus sentimientos. Se volvieron ambos a su gente y dieron por terminada la conversación.

– ¡Nos volveremos a ver, puedes estar seguro! -murmuró por lo bajo, rabioso, y luego alto –  ¡Ya está bien, vámonos!- con un cambio brusco de humor que fue percibido por todos. Llevaron dos cestas con pescado a la barca, apenas se despidieron y partieron. Desde lejos pudo ver el barón que el hermano mayor le recriminaba algo airadamente a Ximena, quien pareció contestar en el mismo tono, luego se encogió de hombros y se perdió de la vista detrás de la cabaña.

Al regreso el barón iba meditando bajo la mirada atenta de Alphonse, quien percibió sus cambios de humor. Primero alegre, jocundo, luego airado, y ahora apesadumbrado, cabizbajo. Prefirió no hacer comentarios ni preguntas. Ya le contaría el barón cuándo tuviera ánimo para ello.