La Conjura de Gailsden es una novela ubicada en la Baja Edad Media, más concretamente a comienzos del Siglo XIV, en la actual Francia, que por esa época era un conglomerado díscolo de feudos que respondían nominalmente a la autoridad de un rey. Es la época de formación del sentimiento de nacionalidad, y en Francia Felipe III se esforzaba con tanta tenacidad como falta de escrúpulos en consolidar el reino de los francos. Debo la investigación que hizo posible la escritura de este texto a mi amigo el Cdor. Leonel Recine, historiador vocacional, quien también colaboró en la redacción de algunos capítulos hasta que sus numerosas obligaciones profesionales le obligaron a desistir de la empresa. He decidido darla a conocer por esta página ya que hacerlo por el medio habitual, el libro, sería bastante oneroso y difícil de difundir, dada su temática. Espero que sea del interés de los lectores y que hagan llegar su opinión. Muchas gracias por su consideración e interés.
PREFACIO HISTÓRICO
En su gran mayoría los archivos de acceso público conservan documentos históricos referentes al estado beligerante del hombre. Para acceder al conocimiento de hechos relacionados a una condición pacífica también inherente a su personalidad es necesario investigar el ámbito privado. Con el advenimiento de Internet se puede acceder a una infinidad de sucesos minúsculos o de escasa trascendencia para la Historia pero de una formidable riqueza al momento de comprender la idiosincrasia de una época.
Navegaba en Internet deleitándome con este tipo de historias cotidianas cuando de pronto apareció en mi pantalla la estilizada estampa de un castillo medieval con la publicidad de un centro turístico, el “Castillo-hostería de Gailsden” (1), un reducto fascinante mimetizado en la piedra misma de los acantilados del noroeste de Bretaña.
Con la foto se incluían una serie de anécdotas ocurridas durante la Edad Media en los aledaños de ese castillo y que tenían como personaje central a un tal Barón de Gauillon, amo de esas tierras.
Lamentablemente un buen día al intentar entrar nuevamente en la dirección antes mencionada, una desolada y lacónica frase me informó que “la página web no está más disponible”.
Afortunadamente tuve la previsión de guardar una imagen y algunos episodios allí comentados. Como lo reseñado era muy insuficiente mi colaborador y yo tratamos de “rellenar” los huecos en la información histórica y completar lo mejor posible los hechos, y este relato “novelado” es lo que quedó.
En una de las lápidas del camposanto del citado castillo, más precisamente en la del último de sus señores, fueron grabados nombres y títulos de personajes de gran renombre en la historia medieval europea, que se presentan como afiliados o deudos del mencionado Barón. Los nombres allí esculpidos son los siguientes:
NOMBRE | TÍTULO |
| CARLOS DE VALOIS
| CONDE DE VALOIS |
| JEAN III DE DREUX | PRIMOGÉNITO DEL DUQUE DE BRETAÑA |
| GUY I DE CHANTILLON | CONDE DE BLOIS |
| FRANCESCO DI MARCO DATINII | PRINCIPE DE GULBENZI |
| RODRIGO DE VILLAJOYOSA | CONDE DE VILLAJOYOSA Y ALFAZ |
| JEAN II DE VENDÔME | CONDE DE VENDÔME |
| GUY DE LUSIGNAN | CONDE DE LA MARCHE-ANGULEMA |
| ILEGIBLE | ILEGIBLE |
| FRANCISCO DE ARMAGNAC | CONDE DE ARMAGNAC |
| ILEGIBLE | ILEGIBLE |
| GASTON FEBUS DE FOIX | CONDE DE FOIX |
| JACQUES DE COMMINGES | CONDE DE COMMINGES |
| LUIS DE GAUILLON | BARÓN DE GAUILLON |
La antigüedad de la escritura en la lápida coincide con el período de sus vidas.
En el año 1300, centro temporal del relato, Europa fue especialmente pródiga en acontecimientos históricos, pero las biografías de muchos de estos caballeros no dejan en claro sus paraderos exactos. La tesis de un encuentro en Gaildsen se refuerza con el hecho de que aquellos que figuran en dicha lápida como amigos y deudos del último Barón de Gauillón no se cuentan en cambio entre quienes acompañaron al Rey de Francia en su desastrosa campaña de Flandes de ese preciso año. Esto es consistente con un posible evento desarrollado en el castillo de Gailsden.
Entre los nobles del más alto linaje y que sí acompañaron a Felipe IV en la guerra de Flandes encontramos a los que se mencionan a continuación, y cuya participación en Gailsden queda por tanto descartada:
| ROBERTO DE ARTOIS | CONDE DE BEAUMONT LE ROGER |
| RAYMOND DE VERMANDOIS | CONDE DE VERMANDOIS |
| GAUCHER DE CHATILLON | CONDE DE PORCIEN |
| HUGO III DE BOUVILLE | CONDE DE BOUVILLE |
| ROBERTO DE CLERMONT | CONDE DE CLERMONT |
| JUAN DE CORBEIL | SEÑOR DE GREZ |
| LUIS DE EVREUX | CONDE DE EVREUX |
| JEAN II DE BRABANTE | DUQUE DE BRABANTE |
| LUIS DE BAR | CONDE DE BAR |
| JEAN II DE HAINAUT | DUQUE DE HAINAUT-HOLLAND |
| ROBERTO II DE BORGOÑA | DUQUE DE BORGOÑA |
| LUIS DE NEVERS | DUQUE DE NEVERS |
| LUIS I DE BORBON | DUQUE DE BORBON |
| JEAN DE BERRY | DUQUE DE BERRY |
Pero estos eran los que no estaban, concentrémonos a partir de ahora en los que sí estuvieron, y construyeron según nuestra tesis, una historia muy poco conocida pero perfectamente posible.
Fue en los albores del siglo XIV, una época de paz y prosperidad, aunque se tratara de la antesala de la terrible guerra de los cien años y de la peor peste que asoló al mundo, y que terminó con la vida de casi la mitad de la población europea.
Los nombres de personajes de tan alto linaje presentes en un castillo lejano de provincia, llamó la atención de los historiadores. Sabido es que estos Señores no cultivaban una especial camaradería y muchos hasta estaban fuertemente enemistados entre sí, por lo que sonaba raro que se hubieran reunido alguna vez, aunque tan sólo fuera para un torneo caballeresco.
El Barón de Gauillon, antiguo señor del castillo, era de una alcurnia muy inferior a la de los restantes nombrados y sólo podía integrar tan regia lista en mérito a ser el anfitrión de algún evento. A estar por los relatos existentes en la hostería, este Barón era un empedernido juerguista, se dedicaba a disfrutar al máximo los placeres de la vida y eludía sistemáticamente verse envuelto en cualquier conflicto, aunque para nada se trataba de un cobarde.
De resultar cierto que algún acontecimiento reunió a estos personajes, implicaría encarar una nueva valoración de este período histórico. Hasta hay quien discute que haya existido evento alguno, y afirman que que este noble provincial se jactaba de una ilusoria situación para vanagloriarse ante sus vecinos.
No obstante, no es el fin de este libro dilucidar la verosimiltud de los acontecimientos ni construir una teoría histórica que levante restricción académica alguna; su única y humilde intención es la de aportar una interpretación posible de los hechos ocurridos en la Baronía de Gauillón a comienzos del Siglo XIV, con el sólo afán de divertir y contribuir a divulgar a los atrayentes personajes que añaden un ingrediente más a la enigmática belleza de un castillo y de una época.
(1) El Castillo Hostería de Gailsden, es un antiquísimo castillo medieval, resultado de innúmeras restauraciones, la última de ellas realizada luego de un bombardeo de los nazis en la segunda guerra mundial. Ubicado en lo alto de los promontorios rocosos de la llamada “Costa de Granito Rosa”, en la Bretaña francesa, sirvió durante la guerra de los cien años para avistar los navios que zarpaban de Inglaterra y Normandía. Fue conquistado por los ingleses en la primera mitad del siglo XIV, quienes lo rebautizaron como “Castillo de Gailsden” (Esta palabara según algunos deriva de su denominación original, “Castillo de Gauillon”, según otros de “gail”, en alusión a su origen galo). Hoy en día funciona como escuela de gastronomía y hostería y se trata de una gran atracción turística de la zona.
LA CONJURA DE GAILSDEN
Cap. 1 – Los lobos de Bretaña
Palacio Ducal de Bretaña
Puerto Fortaleza de Bouffay,
Nantes. Sudoeste de Bretaña
En el año de gracia de 1300
Entrando por la plaza, un jinete al galope de un brioso corcel atropellaba a cuanto villano se le interponía en su camino. Solo aminoró el paso al llegar frente a la gran escalinata de mármol que conducía a la torre de homenajes, sin desmontar la trepó vertiginosamente a grandes zancadas de su caballo pretendiendo poner rumbo a los aposentos nobles del palacio a grupas de su hermoso alazán negro.
Aparentemente así se disponía llegar hasta la cámara misma del duque, de no ser porque se le interpuso un grueso cuerpo de guardias que lo obligó a desmontar.
Cortésmente el correo con su cara encubierta explicó que había anunciado de forma anticipada su llegada, y que se trataba de un correo reservado para el duque y que le estaba vedado identificarse por razones que debía reservarse. La guardia consultó a los ujieres, quienes se negaron a aceptar esas razones y le solicitaron con cortesía pero con firmeza que descubriera su rostro. Con una inmensa cólera a duras penas disimulada, se vio obligado a levantar brevemente su caperuza. Al identificarlo, los soldados se inclinaron en señal de profundo respeto. Luego avanzó entre ellos con la mirada altanera y gesto despectivo. Deambuló un rato por las fastuosas galerías del palacio, ofuscado porque no lograba ubicar el camino a las cámaras de su alteza el duque, y no deseaba preguntar a los cortesanos que pujaban por saludarlo.
– “¡Por mil demonios!, ¡este viejo imbécil ha puesto sobre aviso de mi llegada a todos los habitantes del Ducado!”- pensaba.
Al llegar por fin a la antesala del hijo del Duque de Bretaña fue nuevamente interceptado por guardias, quienes le impusieron que se desarmara totalmente. Esto ya era el colmo, hervía de cólera, ya vería ese pendejo como debía tratarse a un príncipe de sangre.
Al llegar al cuarto del primogénito, un sirviente le indicó que el Señor lo esperaba frente al tablero de ajedrez en la sala de armas y lo guio hasta el lugar.
Las humeantes chimeneas colmadas de troncos ardientes infundían una gran luminosidad y al ambiente. Sobre la mesa de roble se enfrentaban los infaltables ejércitos de ébano y de marfil. Al ser anunciado el visitante, los centinelas bajaron sus lanzas, doblaron una pierna a tierra e inclinaron sus rostros al piso. Lanzando juramentos entró dando puntapiés a las puertas, el príncipe Jean lo esperaba sentado a la mesa sonriendo y en actitud complaciente.
Cuando se vio a solas, le espetó.
– ¡So imprudente, se suponía que mi visita sería un secreto!
-Tranquilícese Excelencia, como vusted sabe mi padre está un poco senil y no me puso sobre aviso del día y la hora de vuestra llegada, pero solo mis íntimos más fieles se han enterado de vuestra llegada.
– ¡Pues tenéis demasiados íntimos para mi gusto– fue la brusca respuesta- hasta el último de vuestros sirvientes se estará preguntando que estoy haciendo aquí disfrazado de guardabosque!
– ¡Oh, perded cuidado, querido Conde! Ya me he ocupado de eso, cierto que saben quién sois pero he echado al viento que venís a hacerle buena compañía a la Duquesa del Berry que por casualidad hoy se encuentra en el castillo visitándonos. En estos momentos se corre el rumor de que actúo como celestino de vuestros lances amorosos… Además, mi querido conde, debéis entender que es imposible que paséis desapercibido. Basta ver brillar los rubíes y diamantes del puño de vuestra espada, o solo el alazán que montáis, que es único en la región, para que todos sepan quién sois.
Y era cierto, si bien el Conde vestía un tosco uniforme de guardabosques, no se desprendía jamás de su soberbia espada almorávide de acero toledano.
-¡Sí, y a propósito los imbéciles de vuestra guardia me han despojado de ella; si fuera tan conocido como decís no habrían tenido semejante atrevimiento!
– Os equivocáis, es norma en mi castillo, no importa quien sea el que pretenda entrar a mis aposentos, debe hacerlo desarmado, uno nunca sabe cuando una persona se ha vuelto loca o demasiado agresiva, aunque nos conste que es nuestro mejor amigo… ¡Y no exageréis las cosas! Gracias a vuestra conocida fama de mujeriego, ya estará en boca de todos que cortejáis a la duquesa y nadie relacionara nada con nada.-
Sin embargo Valois se lo había tomado a pecho, había recorrido sin su escolta personal un largo trayecto desde su castillo de Angers, algo sumamente inusual en un príncipe de la sangre de la casa de Francia. Se había tomado el trabajo de disfrazase de guardabosques y evitar los caminos incursionando por zonas agrestes, para no ser reconocido por sus propios soldados en la esfera de influencia de la fortaleza de Chinon, donde se hallaban parapetados los Capetos.
Pero había olvidado que no era lo mismo el viejo duque que el libertino de su hijo y que en sus orgías cotidianas el joven se excedía en las libaciones y no solía guardar secreto alguno.
Hacía ya una hora que los dos seguían concentrados en la partida de ajedrez, juego del que ambos eran fanáticos. Los alientos del fuego iluminaban los ojos celestes enmarcados en profundas ojeras del joven Jean de Dreux que escudriñaba con mirada vidriosa los recovecos del tablero escaqueado. Lucía una casaca de seda azul con refinados filamentos de oro que hacían juego con su abundante y desordenada cabellera rubia.
Al trasluz del vitral donde se representaba al dios Baco bebiendo el sagrado néctar de la vid y sobre las rocas de las paredes interiores, colgaban los emblemas del ostentoso Duque, lujosos tapices de Flandes en porta-estandartes dorados con lobos negros, tamizados de pequeños armiños bordados en hilos platinados, y en letras rojas los principales nombres dinásticos de la familia, “Dreux, Dux Britanniae” y su divisa: “Potius mori quam foedari” (Mejor morir que vivir subyugado).
Las armaduras de hierro, las inmensas marinas en marcos de bronce, las lujosas espadas de gavilán de oro y puño de plata, los escudos de supuestos caballeros derrotados camino de las Cruzadas y un sinfín de otros recordatorios abundaban en la sala de armas pero no alcanzaban a disimular la verdadera condición del primogénito de Bretaña; la de ser un niño mimado de la alta nobleza.
Por otro lado, el conde Carlos de Valois, su oponente, era su absoluto opuesto. Como Par de Francia, gran parte de las tierras del reino le pertenecían y la vida misma de los labriegos que estaban ligados a ellas. Los nobles de provincia, los integrantes del bajo clero, los artesanos y campesinos libres de toda Francia lo reverenciaban y veneraban como a un símbolo viviente de su reino.
El veterano conde observaba el tablero con mirada de águila como si de la guerra misma se tratara. Las melenas rubias, de los príncipes Capetos, se sustituían en él con frondosos mechones negros de tintes plateados, era la sangre de Aragón, proveniente de su abuelo materno el mismísimo gran rey Jaime I, que le había legado los ojos almendrados y el bronceado de su tez, en tanto la herencia de San Luis se manifestaba en la auténtica estampa de un príncipe Capeto de gélida fisonomía y estoica dureza. Poseía un rostro impenetrable, enigmático y viril.
Valois tenía treinta y tres años, llevaba quince batallando y mordiendo siempre el polvo de la derrota. Su frustración era infinita. Habían sido todas batallas absurdas, en reinos lejanos, vanas esperanzas de concluir las alocadas andanzas de su tío, el legendario Conde Carlos de Anjou.
“Querido hermano, -le había dicho el Rey de Hierro – embarcad a Tierra Santa, enfrentad en nombre de Dios a la barbarie y la herejía bregando por la gloria de Francia y la de nuestra querida Cristiandad”.
Fácil era decirlo, pero simplemente imposible de llevar a cabo. Hábilmente Felipe “el Hermoso” se había desembarazado de su influyente hermano, a quien consideraba líder de los poderosos barones que se oponían a sus planes de hegemonía. Aunque en su fuero íntimo amaba a su hermano, lo deseaba tener bien lejos. Y además no veía mal que se intentara establecer una cabeza de puente francesa en el corazón mismo del Levante.
La gran envidia que Carlos de Valois le tenía a su hermano el rey no venía de su tan mentada hermosura, por otra parte él también poseía lo suyo, sino por algo mucho menos lírico: ¡la investidura real! Ese portentoso deseo que tenía de ser ungido rey de algo, que siempre lo había conducido a través de las regiones más extravagantes de la tierra. Había sido aspirante a rey, eterno candidato al trono de Aragón, de Sicilia, de Nápoles y de Toscana, también había aspirado a la corona imperial de occidente y de oriente, y cansado ya de tantas frustraciones, la idea que ahora bullía en su cabeza era la de unir sus vastas posesiones en Francia con la del rico territorio de la Guyena, para formar con ellas un extenso y poderoso feudo, recreando el antiguo reino visigodo de Aquitania.
Siendo sobrino del Conde Carlos de Anjou, quien no había dejado descendencia legítima masculina, se consideraba el mejor exponente del linaje angevino francés y por ende con derecho a ser nombrado Rey de Aquitania. Para ello ya había obtenido el consentimiento del Papa, que hallábase enemistado con su hermano Felipe. El Papa no veía mal el provocar una guerra civil dentro del propio reino de Francia.
Pero volvamos a la partida de ajedrez. En su concentración inmóvil Carlos hubiera pasado por una más de las estatuas del castillo, si no fuera porque en un momento dado hizo un ademán para que le llenaran su copa de vino.
La atención a un príncipe, no era simple, era todo un ritual que solo el copero mayor de un castillo podía llevar a cabo; cada licor debía servirse de acuerdo a exigentes y detalladas normas de etiqueta. Y además cuando el cargo estaba ejercido por una mujer, llamada Copera Mayor, quién debía ser de belleza extraordinaria que armonizara bien con la calidad de las bebidas que escanciaba.
La Copera y sus asistentes debían tener dispuestos diez servicios, para diez variedades de vinos distintos. Los vinos se acompañaban con quesos y frutas para que el príncipe pudiera disminuir los efectos del alcohol y disfrutar todos los sabores.
El conde había terminado de paladear un muy seco y blanco Muscadet, exquisito vino de la región de Nantes y ahora le había llegado el turno a un antiquísimo vino de Borgoña. La hermosa copera mayor se había acercado a acomodar los enseres para escanciar este último, que era uno de los vinos estrellas del castillo y procedía a filtrarlo con varios recipientes, de forma de obtener el punto exacto de oxigenación a tiempo que lo iba depurando minuciosamente. La armonía y la gracia con que la joven se ocupaba de su oficio, meneando musicalmente sus proporcionadas caderas, había atraído la atención del conde quien en un momento determinado no había resistido la tentación de rozarle uno de sus firmes y carnosos muslos.
-¡Ah, no caben dudas!, – teorizó el Conde excitado y en voz bien alta– ¡Las hembras, el ajedrez y el vino fueron puestos en el mundo para deleitar a los hombres!- Confundida y ruborizada, con la palpación y el comentario a viva voz, la doncella no atinaba a ubicar correctamente los cubiertos sobre el mantel, pues cada vez que se acercaba, recibía una suave y firme caricia en el trasero. Por supuesto nada podía hacer, se trataba del hermano del rey de Francia y no tenía otra alternativa que cumplir con su función, además, a decir verdad, si bien se sentía desconcertada, la bella dama se había impresionado gratamente con la estampa viril y distinguida del conde, por lo que comenzó a tomarse su tiempo para ordenar las copas sobre la mesa y no evitaba acercársele.
A medida que aumentaban las libaciones, las caricias del Conde se hacían más intensas y perseveraban en un ascenso impúdico por sus muslos. La muchacha no sólo no se oponía a ellas sino que parecía disfrutarlas, continuaron así, el concentrado en el tablero y ella en el desempeño de sus tareas como si nada ocurriera. Su sedoso cutis blanco, estaba cada vez más sonrosado y brillante por la adrenalina de las emociones que le provocaban las caricias del conde, y parecía sobrellevarlas sin grandes alteraciones pero cuando el ascenso de la mano del conde llegó al límite máximo o mejor dicho al destino más inmensamente íntimo, es decir al tacto tibio en la fuente misma del pubis de la joven, no pudo más, lanzó un fuerte grito y derramó parte del vino que en ese momento servía sobre el inmaculado jubón del joven primogénito.
Este, que hasta el momento había estado absorto en el tablero, se sobresaltó de tal manera al sentir el grito y la consecuente humedad en sus pantalones, que se incorporó enfurecido, gritando y balbuceando insultos inconexos dirigidos a la sumisa copera:
– ¡Imbécil, torpe! ¡El vino más selecto, el propio Roberto de Borgoña lo hizo recorrer toda Francia a lomo de mula para que una mujerzuela lo tire como si de leche de cabra se tratara y arruinara de paso uno de mis mejores trajes!
El joven Jean hubiera seguido descargando su ira sobre la pobre Antonia -que así se llamaba- si no fuera porque cayó en la cuenta de la mirada censora y triste espectáculo que estaba representando frente a su ilustre invitado. ¿Pero cómo su Copera Mayor, la jefa principal de su servidumbre, supuestamente una experta en el arte de servir una buena mesa, era capaz de semejante bochorno? ¿En qué corte bárbara se podría dar tal despropósito?
Recapacitando se apresuró a devolverle la jerarquía a su Copera Mayor, intentando minimizar la entidad del incidente:
– ¡Oh, os pido mil perdones, yo… -dijo haciendo un esfuerzo por sonreírle a Antonia-, disculpad mis exagerados reproches, no es para tanto! En realidad he sido yo quien me he movido bruscamente en el momento en que me servías, estas cosas me pasan cuando estoy muy absorbido por un tema- y luego, entre dientes y dominando su contenida rabia, no pudo dejar de advertirle-, empero, en lo sucesivo tened presente que hay seres humanos que no por distraídos merecen ser empapados con vino tinto.
Desconsolada y no sabiendo como arreglar el zafarrancho, la atribulada Antonia le pasaba trapo a todo lo que veía. Cuando logró calmarse en algo notó sin embargo que su excitación sexual no había disminuido en lo absoluto, por lo que aprovechando que debía una disculpa al distinguido conde visitante, se dio media vuelta y se inclinó exageradamente ante el haciéndole ostentación de sus perfectos y exuberantes pechos.
– Perdón Monseñor, -le expresó, mirándole sensualmente a los ojos- la próxima vez estaré más atenta y esto no volverá a suceder.
Si el primogénito del duque en ese momento hubiera apreciado el escote de Antonia, hubiera visto que los pechos de la bella copera estaban henchidos como melocotones maduros a punto de estallar, lo mismo que la tiesa masculinidad del Conde Carlos de Valois, hermano del Rey, Par de Francia.
(Esta historia continuará)



Leonel Recine
Perfecto Mauro, brillante. Hay una o dos pequeñísimas redundancias y algún “de” de más, pero eso es por supuesto tarea de un corrector de textos.
La puesta en escena de los personajes es una verdadera obra de arte¡¡ Felicitaciones
álvaro P ayrà
Flaco Leo: me gustó mucho; muy ingenioso y entretenido. Ubicar la acción en tiempos del rey “que jamás parpadeaba” es un logro que seduce y mucho. También -y en la misma línea de pensamiento (pícaro y provocador)- me resulta el ardid para presentar a tu alter ego (Mauro); sencillamente genial. Seguí así por ese camino y no dejes de leer y releer el texto hasta “peinarlo a fondo”; merece la pena dedicarle más tiempo del que uno, a priori, estima necesario. En cada repasada lectura surjen matices de puntuación que, lejos de abrumar, enriquecen la frase. Dale pa’lante y seguime teniendo al tanto; me gustó mucho.