CAP. XII- LA CONJURA
Carlos de Valois reunió a los caballeros en la sala central del castillo de Gailsden. Grandes candelabros colgados del techo iluminaban la escena, y en los fogones cavados en las paredes de roca maciza cuyas enormes chimeneas se elevaban sobre las torres, los braseros mostraban lechones, ovejas y ánsares dorados. Valiéndose de sus cuchillos de caza los allí presentes los iban despojando de grandes trozos que engullían acompañados por generosas libaciones de vinos del país. Prorrumpían en estentóreas manifestaciones de placer y alegría, vociferando, cantando de manera destemplada algunos versos que malamente recordaban de los antiguos cantares de gesta que narraban las aventuras de Sir Percebal de Gales o de Rolando de Roncesvalles. Mientras tanto trataban de manosear a las robustas meseras, todas mozas de la zona, rozagantes, opulentas y de coloradotas mejillas, que dejaban hacer asustadas y se escabullían a la cocina en cuánto tenían oportunidad. Aquellos señores de la guerra, momentáneamente desocupados, se extendían sobre mullidos sillones cubiertos de pieles de animales cazados por el propio Gauillón o más probablemente por sus antepasados, mucho más afectos que él a los trabajos de la caza. De vez en cuando alguno se incorporaba, lanzaba un juramento incomprensible y volvía a caer sobre el sillón, si tenía suerte, y si no directamente al suelo, provocando la corrida de los mozos que entre las pullas y bromas de los demás señores lo depositaban nuevamente en sus asientos, soportando estoicamente los cachetes y las protestas del tambaleante caballero que juraba estar totalmente lúcido y no necesitar ayuda alguna.
En ese momento el Conde de Valois, que se había mantenido sospechosamente sobrio juzgó que era la hora indicada, por lo que levantó su espléndida copa de metal bruñido que brilló a la luz de las lámparas extendiendo sus reflejos por la sala, y reclamó a gritos la atención de todos.
– ¡Algunos de vosotros sabéis por qué os he reunido, otros aún no, aunque les di claros indicios en la convocatoria de que además del Torneo que nos ocupa habría algo más, y que tendrías que estar predispuestos a una aventura que nos proyectará hasta una posición privilegiada en Europa! ¡Los que estén conmigo que levanten su copa, brinden ahora y juren apoyarme, esos serán mis amigos incondicionales!
No lo dijo, pero quedó flotando en el aire la idea de que quienes no jurasen acatamiento en ese momento serían mirados con desconfianza en el futuro, y poco podían esperar luego a la hora del reparto de beneficios y títulos, o lo que fuera, y eso si no les tocaba un destino aún peor.
Jean de Dreux fue el primero en levantar su copa y gritar: “¡Estamos contigo, Príncipe de Valois, venga lo que viniere!”, a lo que no tardó Blois en agregar “¡confiamos en ti, guíanos a la gloriosa empresa de la que sólo podemos esperar honor y fortuna!”
Los demás se miraron entre sí, desconfiados, ¿qué se proponía Valois? Todos o casi todos barruntaban que algo se traía bajo la manga, pero esperaban oír primero de que se trataba y luego acordar su participación.
Titubearon, dudando, hasta que Foix, harto de tantos tiempos de paz y añorando la vieja época de combates y vivacs, levantó su espada y gritó: “¡estoy seguro de que no nos conducirás a una empresa imposible, de la que sólo pueda deducirse el desastre! ¡Acepto, y de vosotros sólo espero un lugar privilegiado a vuestro lado, acorde a mi rango y mi apoyo sin restricciones!”. Villajoyosa, a su lado, recordó que nada tenía que perder, que no era aquella su patria y que lo mismo le daba una causa que otra. Alzó su acero y expresó su apoyo a Foix, en primer lugar, y a “su excelencia el Principe de Valois”, cuya causa abrazaba desde ese momento fervorosamente. Ante estas efusiones, que superaban las expectativas del propio Valois y de Dreux, los otros caballeros prefirieron sumarse al coro, temiendo tanto quedarse atrás como una severa reprimenda. Ya habría tiempo para aquilatar los riesgos de la aventura y poner los pies en polvorosa, en último caso. Así fue como todo terminó a gusto de los cabecillas, en un clamoroso juramento de apoyo incondicional.
Fue entonces que Valois reclamó que se retiraran de sala todos los criados y criadas, para lo cual fue necesario despegar al Conde de Armagnac de una rolliza jovencita rubia que se reía escandalosamente como consecuencia de una abundante ingesta de vino que había echado al diablo todos sus pudores.
Una vez desalojado de siervos el gran salón, con Armagnac todavía refunfuñando y tratando de escabullirse, lo que fue impedido por Dreux, Valois se entregó al entusiasta desarrollo y elogio de su proyecto.
– ¡Mi propósito es enaltecer la corona francesa- dijo- agregando a su legado una preciosa joya, el Reino de Guyena!
Una exclamación recorrió la sala, eran conocidos los reclamos sobre los territorios del norte de Francia, el gran legado de Guillermo el Conquistador, y que eran reclamados igualmente por las coronas de Francia e Inglaterra. Todos ellos pensaban que dichos territorios a la larga quedarían en poder de los francos, de un manera o de otra, pero establecer en el sur un nuevo reino, ¡eso sí que era una gran audacia! Se miraron entre sí y se preguntaron en que quedaría todo aquello.
– ¡No es mi propósito escindirme de la gran patria de los francos- agregó Valois, advirtiendo los resquemores de sus oyentes más conspicuos- sino crear un reino vasallo y aliado, que fortalecería notablemente a la casa real de Francia, y extendería su poder hasta los confines de la civilización!
– ¿Y cómo lo tomará vuestro real hermano Felipe IV? No creo que le guste mucho esta empresa…- objetó desconfiado el Conde Jean de Vendome, haciéndose intérprete del pensamiento de varios de los allí presentes.
– ¡Todo lo contrario, os reitero que trabajamos para mayor gloria de la corona de Francia! ¡Mi querido hermano se encontrará con un reino aliado y vasallo que aliviará las presiones sobre su frontera norte! ¡La casa real, los Capeto, refulgirán sobre toda Europa con un brillo nunca alcanzado desde la época de Carlomagno y los doce Pares!
Todos prorrumpieron en exclamaciones. Algunos, nada duchos en política se subieron fácilmente a la algazara, otros, abotagados por el alcohol hubieran aprobado a gritos cualquier propuesta por descabellada que fuera, Armagnac ni siquiera se enteró de lo que decía Valois, su pensamiento estaba depositado del todo en la rolliza sirvienta, y solo esperaba que Valois terminara con aquella aburrida perorata para ir en su busca antes de que se perdiera en alguna de las dependencias interiores del castillo. Los menos, apenas dos o tres, permanecían lo suficientemente lúcidos para preguntarse adonde los conduciría todo aquello y que sacarían de una empresa tan ambiciosa. Uno de ellos Lusignan, quien tras hacer un respetuoso gesto de acatamiento preguntó:
– ¿Y cuál será el lugar de cada uno de nosotros, y qué obtendremos a cambio de nuestro apoyo?
– ¡Ahí está lo mejor- interrumpió Dreux, exultante-, vamos a unir el placer con el deber, que esta lucha nos traerá diversión y trabajos, porque así es como se gana el sustento la gente con honor: haremos el torneo para el que fuisteis convocados, y como es usual entre caballeros quienes triunfen en las distintas disciplinas tendrán la mejor opción a la hora de elegir sus futuros feudos y heredades! ¡Mientras tanto la pasaremos muy bien, habrá un gran torneo, fiesta, hermosas doncellas, y lo mejor de todo es el premio que os ofrecemos como recompensa: un reino! ¡Mis señores: disfrutad ahora y luego nos ocuparemos de la guerra! ¡Los que estén con Valois que expresen su apoyo en este mismo instante!
Dijo esto, levantó su espada y con voz estentórea gritó:
– ¡Valois, Valois, Valois!- Todos hicieron coro exaltados por la fervorosa arenga de Dreux, mientras Carlos de Valois contemplaba la escena, parado sobre un escaño, los brazos cruzados sobre el sangrante flordelisado de su peto, la mirada triunfante y soñadora.
Y así quedó pactado el más extraordinario emprendimiento acometido jamás por grupo alguno de caballeros, y del cual lamentablemente casi no quedaron datos históricos, solo el rastro y el perfume de una antigua leyenda.



RECINE LEONEL
El caítulo 12 La Conjura está excelentemente narrado, pero contiene varias imprecisiones históricas que ya le han sido explicadas al autor y que seguro procederá a enmendarlas¡¡