Cap. VI – Burdeos y el largo camino a Roma

 

Cap. VI

BURDEOS Y EL LARGO CAMINO A ROMA

 

El castillo ducal, brutalmente amurallado al estilo románico, era más tosco que el  lustroso palacio episcopal. Ambos se ubicaban en lados opuestos de la misma colina. El primero de espaldas a la ciudad observando el descampado mundo exterior y el otro orientado a  la panorámica del burgo.

El Conde de Valois instaló sus  huestes en el castillo ducal permitiendo al arzobispo Bertrand de Goth, máxima autoridad eclesiástica de Burdeos,  permanecer  en el palacio episcopal. Por supuesto habría condiciones y ese día el barbado conde tenía previsto anunciárselas. Se había presentado una hora antes de lo previsto en el palacio episcopal con la intención de despachar algunos asuntos menores con los integrantes de la comunidad, principalmente con los que poseían el dominio de las finanzas.

Había sido informado de que una patrulla de soldados Plantagenet  había  traspasado la costa este del Loira lo que significaba una evidente violación de la tregua pactada. Aguardaba nervioso en la amplia sala ornamentada  mientras el enjambre de camareros revoloteaba en torno  a una  alhajada mesa. Temía que los Plantagenet atravesaran el Loira y se apoderaran del Vermandois. Estaba urgido  por retirarse para ocuparse de ese asunto, pero no lo haría antes de comunicarle al Arzobispo las condiciones de su permanencia en el cargo, a más de algunas otras cosillas que consideraba de suma importancia.

Hizo llamar al Arzobispo quien aún no había terminado de acicalarse para la ocasión. Descendió la gran escalinata rodeado de sus ayudas de cámara quienes terminaban de dar los retoques a su pomposa vestimenta. Valois se inclinó respetuosamente aunque sin muchas ganas y besó el anillo arzobispal, como era costumbre. Era una señal de su acatamiento a la Iglesia y lo que ella representaba,  de ninguna manera al hombre detrás de la investidura, a quién Valois  consideraba inferior, prácticamente un subalterno. Luego fue el Arzobispo quien inclinó la cabeza en forma apenas perceptible, reconociendo la autoridad del amo y señor de aquellas tierras. Más tarde se dirigieron a la mesa dando comienzo a la reunión, que se conservó para la posteridad gracias a uno de los lacayos que se deslizó detrás de unos cortinados, cerca  de una puerta que daba a las habitaciones interiores, un camino de huida bastante rápido, por si fuera necesario. No se sabe aún por órdenes de quién actuó de esa manera, pero se cree ver la larga e implacable mano de Nogaret, el astuto canciller de Felipe el Hermoso.  Por cierto que es una versión un poco fragmentada, sea por la cortedad de alcances del servidor, o porque el miedo a ser descubierto no le permitió concentrarse del todo.

 

Recuerda que sonriente y acogedor, el Conde intentó en vano abarcar la gruesa figura del clérigo.

El Conde:

-¡Mi querido Arzobispo, que gran gusto me da volver a veros!

El Arzobispo (Devolviendo el abrazo evidentemente sorprendido por la extrema efusividad del Conde):

-Me honro en saludar al legítimo Rey de Aragón, hermano muy querido de nuestro venerado Rey de Francia.

El Conde (con aparatosa modestia):

– ¡Oh, vamos querido Arzobispo no debéis hacer mención de toda esa banalidad de mis títulos!  Entre amigos como nosotros, bastan unos buenos tragos para explayarnos a gusto. ¡Vaya pues, templemos nuestros espíritus!  Decidme ¿Qué otra cosa producís a más de vuestros inmejorables viñedos de Burdeos?

El Arzobispo: (con prevención ante la extrema y sospechosa cordialidad del Conde, aunque aceptando una rebosante copa, que saboreó con beatífica sonrisa):

-Sabed que no suelo beber mi querido conde, estoy haciendo una excepción ante vos. Mi  profesión y mi propia vocación no me hacen muy afecto a este tipo de placeres…  abstinencia, divina virtud.

 

El Conde: (sin contener una risotada ante la grosera mentira del gordo prelado, le escanció la copa hasta el borde y fue directo al grano):

-Propicia es la oportunidad, mi querido Goth, para daros a conocer nuestro proyecto de erigir nuevamente el Reino de  Aquitania, para lo cual descuento obtener  vuestra bendición y apoyo.

El Arzobispo: (tosiendo atragantado con el vino al confirmar los rumores sobre la ambición de Valois y con alarma apenas disimulada en sus porcinos ojos):

– ¿Cómo? ¿Habláis en serio?  Ese es un asunto que sólo  su Santidad o los Reyes cristianísimos pueden decidir,  no ofenderé vuestra inteligencia asumiendo que desconocéis las implicancias y consecuencias de vuestros anhelos.

El Conde: (negando gravemente con la cabeza, como quien se   desilusiona  ante las apresuradas e injustas conclusiones de un amigo):

– Las testas coronadas de las que habláis, mi estimado amigo, lamento informaros, que en otros menesteres se ocupan.  Felipe de Francia está empeñado en vengar la derrota de sus hombres a manos de los plebeyos de Brujas, Eduardo de Inglaterra se enfrenta a la sublevación de Gales y Escocia y Jaime de Aragón mira hacia el sur obcecado con el asunto de la  morería… para cuando  terminen sus tareas será tarde pues el propio  emperador de oriente –  refiriéndose a sí mismo-  se hará cargo del asunto  proclamándose Rey de Aquitania y lo hará, con la bendición del Cristianísimo Santo Pontífice.

El Arzobispo: (ahora visiblemente aterrorizado):

– ¿Pero qué decís? Ah, ya caigo, estáis bromeando, je, je.  De no ser así, tal vez… sólo tal vez, podría olvidar de quien sois hermano y mencionar esta conversación. ¡Alguien podría tomarla en cuenta y no parecerle tan inocente!

El Conde: (enfurecido de verdad, endureciendo su voz y mirándole con fiereza):

-¿Cómo te atreves? ¿Osas amenazarme? ¡Al Rey de Aragón y de Nápoles, al mismísimo Emperador de los cristianos! (*) ¡Ah ingrato prelado, serás denunciado y devuelto a los villorrios de Comminges para que te desempeñes como sacristán! ¡Con demasiados vicios cargas, que bajo vuestra sotana encontraron lujurioso abrigo una cuantas tocas y vamos… también numerosas espadas! ¡Oh sagrados deberes, oh humanos pecados! ¿Qué impresión causarán vuestros viles procederes cuando sean denunciados ante la Santa Madre Iglesia y su emisario terrenal, mi inefable amigo, Bonifacio VIII?

El Arzobispo: (avergonzado al verse desenmascarado, conciliador y  sintiendo casi en la piel las llamas de la hoguera):

– ¡Oh vamos querido Conde, no os pongáis así, sabéis que no fue mi intención ofenderos, vive Dios! No disputemos, sois para mí como un hermano  y siempre podréis contar conmigo para todo aquello en que pueda seros útil. Aunque en este caso no veo como pueda!

El Conde (moderando levemente el tono pero sin atenuar su enojo):

-Una mano lava la otra y ambas se lavan juntas, ¿no os parece?

El Arzobispo (pálido, procurando controlar el temblor de sus regordetas manos, esforzándose en pronunciar las palabras correctas):

-¿Pero, contaréis acaso y tendréis presentes las opiniones del Duque de Bretaña y la de los otros revoltosos, llámense Foix, Rochefort, Armagnac, Comminges, y cientos de siniestros  personajes anárquicos y herejes? Si os aliáis con ellos, es seguro que os malquistaréis con el Santo Padre y con los reyes más poderosos de la cristiandad…

El Conde (ahora más gentil y exultando confianza):

-Tranquilo, el Santo Padre ya está malquistado con quienes han osado disputarle su reinado espiritual. Precisamente son esos reyes a los que  tanto glorificas,  los que osan enfrentarle. Es preciso que te decidas, ¡o estás con el clero y la Santa Iglesia  y con quienes la defienden o con aquellos que la denuestan y agravian!

(Esperó un momento, y viendo que la contestación no llegaba, comprensiva y serenamente,  agregó):

Imagino la tensa puja que se desarrolla en vuestro interior, la pureza de vuestras lealtades enfrentada a la grandiosidad de la gesta que encaro. Me consta además cuan nobles son vuestros sentimientos y cuan generosos y desinteresados vuestros esfuerzos. He pensado que la púrpura cardenalicia es el color que mejor os sentará en el futuro, mi querido Goth, ¡y quién sabe si no el mismo trono de Pedro!

El Arzobispo (casi sin creer lo que escuchaba, flotando grávidamente entre el pánico y la euforia, palpitante, con el ornamentado crucifijo bamboleante sobre su hinchado vientre):

– ¿Habéis dicho… que me concederéis el birrete rojo?

El Conde: (con apesadumbrada convicción):

-Sé que aceptarás con resignación las sacrificadas responsabilidades de  esa sagrada investidura, te prometo que la recibirás y descuento que serás digno de ella.

El Arzobispo: (asustado por las amenazas implícitas de no acompañar a Valois y acicateado por los honores que le prometía, se decidió al fin):

– Pues, siendo así, si vos con tanto ahínco me lo solicitáis, acepto.

Y allí se quedó, mirando el piso, consternado por las infinitas implicancias de la decisión que había sido obligado a tomar.

 

Tras bastidores, el lacayo guardó en su memoria esta conversación que luego transcribió para beneficio de la historia, de esta novela y vaya a saber de quién o quiénes más.

 

 

 

Es necesario seguir ahora a Bertrand de Goth, Arzobispo de Burdeos. Ante la inminente muerte de Bonifacio VII el Arzobispo resolvió trasladarse a París, la antigua Lutecia gala, y de allí a Roma. Quería estar cerca de los grandes acontecimientos que se avecinaban y de paso auscultar a Felipe IV Capeto, rey de Francia, a efectos de obtener su apoyo ante la inexorable elección de un nuevo Papa.

Su entrada en París se produjo con la pompa que tanto le gustaba. Le acompañaba un lujoso séquito de servidores, sacerdotes y soldados, todos lujosamente ataviados, con la cruz y escudo de Goth, en una mezcla de religiosidad y vanidad mundana. Claro que para las gentes comunes todo ese fasto era señal inequívoca del poder de Dios, y el espectáculo de sus siervos más encumbrados no hacía sino aumentar su reverencia y respeto, cuando no su estupor ante las manifestaciones del poder del Señor. Para Felipe IV Capeto dichas “manifestaciones” eran producto de la soberbia y falta de humildad del prelado, que bien poco acataba las reglas del Altísimo. Esperó a Goth en las escalinatas del palacio del Louvre, donde residía cuando estaba en París, pero no descendió un solo escalón para ir a su encuentro, esperó a que el gordo arzobispo subiera resoplando y sudando la alta escalinata, luego extendió su mano y se quedó  mirándolo, exigiendo con los ojos las ceremonias de un vasallaje que consideraba imprescindible.  Una vez que Goth se hubiera humillado inclinándose y besando su mano lo tomó del brazo y lo introdujo al palacio.

– ¡Bienvenido, su excelencia- le dijo con algo de sarcasmo-, espero que vuestra estadía en la corte sea provechosa para ambos!

–   Sin duda, Sire, pero… ¿a qué os referís?

Sin contestar Felipe IV golpeó sus manos y aparecieron varios criados y criadas trayendo exquisitas viandas y botellas del mejor vino de Francia, y eso es mucho decir.

 

– Sin duda  has de estar cansado y con hambre, siéntate y hablaremos, mientras nos servimos, ¡sin duda es en los banquetes donde se obtienen los mejores acuerdos!

– ¿Acuerdos, su majestad? ¿Qué acuerdos?

– Sabes bien que Bonifacio VIII está a punto de morir, tu presencia aquí es demostrativa de que lo tienes muy presente. Se va a producir un reacomodamiento de la Iglesia, lo que pase en los próximos cincuenta, o cien años tendrá mucho que ver con lo que se decida a la muerte del Papa. Y los poderes temporales en los tiempos que corren necesitan tener a la Iglesia de su lado para poder actuar con las manos libres…

– Pero… majestad, ¡ni siquiera soy Cardenal! ¿Qué influencia tengo yo?

– La tendrás, Bertrand de Goth, la tendrás. Claro que depende de los acuerdos que hagamos entre nosotros, hoy y aquí, no hay tiempo que perder, y si no eres tú será otro… Hemos escuchado algunos rumores de que vuestra lealtad ha sido puesta a prueba en estos días, y queremos ver del lado  de quien se posará vuestra mano llegado el momento de requerir los favores divinos…

 

El Arzobispo de Burdeos estaba sorprendido, asustado y excitado, todo al mismo tiempo. Bien sabía que debía andarse  con pies de plomo para no dar pasos en falso, pero era un hombre astuto, y el interés depositado sobre su persona por dos de los hombres más poderosos de la cristiandad, los hermanos Felipe IV y Carlos de Valois, le hacía pensar que Jesús -¡finalmente!- lo había señalado con su cayado de pastor y le había asignado un alto destino.  Una oportunidad así era lo que había estado esperando desde hacía tiempo. Sus ojillos astutos brillaban en el fondo de su mofletudo rostro. Ahora debía escuchar lo que Felipe iba a proponerle y ser hábil, muy hábil… Él también tenía sus cartas para jugar.

 

Esta vez no hubo ningún lacayo o espía detrás de los cortinados, de lo que allí se habló, más que versiones orales o escritas quedaron los hechos, algunos de los cuales se produjeron de inmediato, otros andando el tiempo. De lo que no cabe dudas es que ambos se retiraron satisfechos de los “acuerdos” que allí se concertaron, y que dejaron su huella en la historia.

Cierto es que Bertrand de Goth llegó a Roma pocos días después, a tiempo para ser uno de los primeros en condolerse y visitar el lecho de muerte de Bonifacio VIII. El mismo Papa, en uno de sus últimos actos conscientes –algunos dicen que no era consciente de nada por esos días- le concedió a instancias de Felipe IV la púrpura cardenalicia, con lo cual cuando Bonifacio finalmente exhaló su último aliento Bertrand de Goth pasó a ser uno de los aspirantes a sustituirlo en el trono de San Pedro.

“Tú – le había expresado con una voz de ultratumba- eres quien me seguirá, y llevarás con dignidad el báculo…”.

Al menos eso fue lo que juraron oír dos testamentarios que se inclinaron para captar su casi inaudible voz, aunque otros que estaban un poco más lejos creyeron oír, si bien no se atrevieron nunca a repetirlo en voz alta, que el moribundo Papa había terminado su oración con algo más parecido a “¡va’fan culo!”, aunque sin duda oyeron mal, porque esa es una expresión indigna de un sucesor de Pedro.

 

(*) Carlos de Valois pudo considerarse en algún momento Rey de Aragón por su madre Isabel de Aragón y Emperador de Constantinopla por su esposa, Catalina de Courtenay, dos títulos que jamás pudo usufuctuar. De ahí que estaba deseperado por obtener su propio reino. Como el Bancquo de Shakespeare nunca fue rey, pero dejó una numerosa descendencia y fue tronco de reyes.