XVI- EL BARON SE ENTRENA
– ¡Maldita bola de grasa, lo único que hago es sudar la gota gorda empujándote fuera del círculo, no logro hacerte entender que oponer resistencia no es simplemente colocar tu obeso cuerpo sobre la arena y quedarte petrificado! ¡No te convoqué para hacer ejercicios de adelgazamiento, quiero ejercitar mi destreza en la lucha grecorromana! ¡Mañana por la mañana me las veré con venerable Conde de Valois, quien me ha desafiado para ejercitar su fuerza y él seguramente exigirá lo máximo de mí, querrá lucirse frente a los demás señores, y debo ofrecer la mayor resistencia posible y si fuera posible vencerlo en combate igual y ejemplar, eso es lo que dicta el honor entre caballeros, es la forma de ser digno de confianza de un príncipe! ¡Ser leal y obediente no significa ser un vulgar lameculos, espero que hayas entendido y actúes en consecuencia!
– Es que tu eres muy diestro mi querido Luis –dijo la aduladora Filomena- es obvio que el capitán Bonflay no posee ni de cerca vuestra habilidad.
– Filomena calla por favor, no conoces la fuerza del jefe de mi guardia de élite. ¡Lo he visto pelear contra varios hombres fornidos al mismo tiempo y dar cuenta de ellos! ¡Lo que pasa es que ahora no pone voluntad, me deja hacer sin oponer apenas resistencia!
Filomena era una de las beldades de la villa, una perfecta sajona, rubia de pelo encrespado, pecosa, de senos pequeños pero saltarines y mejillas rosadas.
Si bien Filomena no tenía una especial predilección por el barón, y ahora menos ya que en la villa pululaban hombres de gran apostura, había aceptado gustosa la invitación del barón al castillo pero sólo para regocijarse con la envidia que provocaba en muchas doncellas del pueblo.
Filomena era de carácter alegre y le costaba contener la risa, máxime cuando observaba los cómicos esfuerzos del barón intentando mover la tremenda mole de su capitán del círculo que había dibujado en pleno salón de banquetes.
De más está decir que Bonflay no entendía nada, miraba para todos lados con cara de carnero degollado cuando su jefe lo rodeaba e intentaba girarlo y aparentemente tirarlo al piso; sin saber si devolverle el abrazo a su jefe o desplazarse junto con él hacia fuera del círculo o simplemente dejarlo que hiciera lo que le diera la gana, lo que implicaba dejarse cargar como una bolsa de harina. Pero nada de lo que intentaba satisfacía al barón que no hacía más que insultarlo. Lo que más temía Bonflay y le daba pánico siquiera pensarlo era terminar ganando la lucha, pensaba en el papelón que haría pasar a su amo frente a la dulce y bella doncella a la que suponía intentaba deslumbrar.
-¿Cómo puedo explicaros, maldito bola de grasa, que tienes manos y piernas y para enfrentarme? ¿No entiendes que debo estar bien preparado para mañana? ¡Pues bien, lo intentaremos una vez más y si vuelves a fallar te juro que no comerás por un par de días!
Bonflay palideció, la amenaza de privarlo de comida daba siempre los resultados apetecidos. Era capaz de cualquier cosa con tal de estar presente a la noche en la bien dispuesta mesa del barón. Si le pedían que se defendiese, entonces así lo haría, estaba dispuesto a demostrar que a pesar de que no era un gentilhombre las cosas del honor no le eran ajenas.
– Le pido perdón humildemente su excelencia- tartamudeó afligido- si me ordenáis defenderme y atacaros perded cuidado que lo haré, no os resultará tarea fácil desalojarme del círculo esta vez.
– Pues bien entonces, intentémoslo de nuevo –dijo Gauillón no muy convencido- continuemos, pero esta vez quiero verte concentrado y dispuesto a la lucha, ¿está claro?
Filomena hizo sonar la campanilla y los dos contendientes se instalaron dentro del círculo y se saludaron, Gauillón susurró algo así como “en garde” y se inclinó adoptando una actitud de tigre agazapado, lo que fue imitado grotescamente por su oponente.
– ¡Así me gusta Bonflay, esa es la actitud con que quiero verte siempre, ardo en deseos de poder mostrarle a Filomena mis habilidades en este milenario arte! ¡Quiero que les cuente a sus amigas de la villa lo que ha visto hoy para que todas queden tranquilas que tienen en el barón de su comarca un buen representante de las artes marciales de Bretaña!
Y sin decir más el barón se lanzó al ruedo dando volteretas gráciles alrededor de su contrincante a la espera de la oportunidad propicia de aplicarle las sutiles llaves que conocía, el objetivo buscado con las técnicas era aprovechar la propia fuerza del gigante para hacerlo volar fuera del círculo.
Viendo la torpeza con que el obeso capitán intentaba seguirlo, decidió apresurar el proceso, y se acercó al gordo más de lo que la prudencia hubiera aconsejado y cuando se disponía a atraparlo con una exquisita llave que suponía provocaría la admiración de la bella doncella, el urso se dio vuelta y le aplicó una mezcla de empujón y golpe con su enorme puño y lo hizo rodar del círculo hasta los pies de Filomena. Bonflay volvió a ponerse en guardia a la espera del inminente contraataque del barón, Pero por supuesto no hubo tal contra ataque. El barón había quedado fuera de combate, lo que andando el tiempo se llamaría un contundente KO.
Filomena no podía creer lo que veía. Mal podía saber que nadie se había tomado la molestia de explicarle a Bonflay las más elementales reglas de la lucha greco-romana que para nada se parecían a las del pancrator, la antigua disciplina griega en la cual según Homero reinaban Ulises y Ajax, y en la cual sí se permitían los golpes.
Pasó un rato antes que el barón se recuperara del brutal puñetazo, aún no entendía bien qué le había pasado ni siquiera dónde se encontraba, y balbuceaba cosas ininteligibles con una voz nasal y gangosa.
Pero a medida que la sangre se le agolpaba en la zona de la boca y su cerebro volvía a irrigarse e iba recuperando la memoria su furia aumentaba, señalaba para donde estaba Bonflay e intentaba levantarse pero cada vez que lo intentaba se le aflojaban las piernas y volvía caer patéticamente a los pies de Filomena. Lo único que atinaba a hacer era señalar al agresor como si con ese gesto quisiera demostrar que se acordaba de lo que había sucedido y quién había era el culpable de su triste situación.
Filomena no pudo contenerse más y se descargó en fuertes risotadas, pero cuando percibió las miradas asesinas del barón se puso nerviosa y trató de aderezar sus lágrimas con gemidos y gritos, porque ya lloraba, pero de risa.
Por fin, apoyándose en la mujer el barón logró incorporarse y con voz balbuceante exclamó:
– ¡Ya veo que tienes una bonita forma de divertirte a costa mía, y en cuanto a ti, grandísimo incompetente, me tomaste de sorpresa, ¿acaso no sabes que los puñetazos no están permitidos en la lucha greco- romana?, ¡So bestia, ignorante! ¡Guardias, guardias!- intentaba elevar la voz pero lo que le salía era una especie de graznido ríspido, el barón se tomó la maltrecha mandíbula y comprendió que no podría tomar más que líquidos durante algunos días y que se iba a ver en desventaja ante sus fornidos adversarios, lo cual redobló su enojo- ¡Encerrad inmediatamente a este gorila en la mazmorra y dejadlo a pan duro y agua hasta que lo vea flaco como yo, y eso sin dudas llevará un buen tiempo! ¡Y devolved a la villa a esta golfa impertinente que ha encontrado todo esto muy jocoso, permanecerá encerrada en su cabaña hasta que se le pasen las ganas de festejar, así aprenderá a reírse cuando no debe! ¡Ah, y avisad a Alphonse me traiga una copa de licor de almendras y Nubia unas compresas tibias! Y cuando retornéis del pueblo que os acompañe Maese Robenne, esta noche cenaremos solos el galeno y yo.



RECINE LEONEL
Brillante me pareció el capítulo del Barón se entrena, el personaje de Bonflay se va a agrandando cada vez más!!