Cap. 5- La larga huida de Gulbenzi
La decisión no era fácil. ¿Elegiría el camino más corto aunque más peligroso, o el áspero y salvaje, pero a la larga más seguro? Pensó en qué haría un buen cristiano, pero aquí ambos caminos tenían sus desventajas. Finalmente se resolvió por el camino más corto. Por otra parte ningún camino le aseguraba que no se encontraría otra vez con partidas de soldados en busca de fugitivos con las alforjas llenas, como le había ocurrido recientemente. Sin embargo la vista del terreno quebrado y el oscuro bosque cuya solo vista renovaba el pavor, encogió su corazón, y a punto estuvo de volverse atrás. Pero su generoso corazón le dijo que no debía dejar que el miedo se interpusiese, que no debía seguir más tiempo deshojando la margarita, así que miró el arroyuelo que transcurría con engañosa placidez entre hondas peñas y que servía de límite a las tierras del brutal Castruccio, y expresó con voz sonora su decisión:
– ¡Adelante mis amigos!- y comenzó el descenso hacia el arroyuelo.
Pero su Senescal, Fabrizio Bonavitta de Santaspera no opinaba lo mismo. La simple vista del hosco boscaje y el quebrado terreno lo detuvo en seco. Y no era poco lo que lo impresionaba la torva fama del señor de Castracanne, ya se veía atravesado por una lanza o sometido a los crueles tormentos del potro, el fuego o peor aún, del Lecho de Procusto, aquella siniestra cama con tapa de clavos inventada por aquel antiguo rey, y muy del gusto, según había oído, del dueño de aquellas tierras.
– ¡Señor mío- exclamó con tono lastimero-, no me juzgo capaz de esta travesía! ¡Por otra parte sólo sería un contrapeso, miradme, no estoy en forma, mi caballo apenas me soporta, y mis mejores años ya han quedado lejos! ¡No sobreviviría a tan ruda travesía, permitid que aquí nuestros pasos se separen! ¡Os deseo la mejor de las suertes, que toda la fortuna del mundo os acompañe y que consigas tu propósito, y mejor sin mí que conmigo!
Dicho esto volvió grupas y se alejó al galope.
Gulbenzi estuvo a punto de ir tras de él para al menos propinarle una buena paliza por su falta de lealtad y compromiso, pero la risible figura del Senescal, que se alejaba sacudiendo su rechoncha humanidad y revoleando las plumas de su sombrero que a duras penas mantenía sobre su cabeza asiéndolo con su mano libre lo movía a risa, al igual que a su fiel siervo Giussepino. Se miraron y estallaron en carcajadas. El fugitivo era la imagen misma de la cobardía.
– ¡No vale la pena! – exclamó entonces el príncipe florentino-, y en algo tiene razón, estaremos mejor sin él, ¡sólo sería una carga!
– De todas formas no irá lejos- agregó filosóficamente Giuseppino-, en cualquier momento se cruzará con una banda de cortabolsas o una partida de soldados que lo dejarán desnudo y malherido, y eso, si su cabalgadura no revienta antes…
– ¡Olvidémonos de él, mi fiel servidor, y miremos hacia adelante: ¡allea jacta est!- y adoptando un gesto que supuso digno de un César espoleó a su caballo para atravesar la turbia corriente que bajaba de los montes oscuros como un presagio siniestro, arrastrando todo tipo de restos vegetales y alimañas.
Dos días cabalgaron abriéndose paso entre la ruda maleza, que chicoteaba los rostros y arañaba cualquier parte expuesta del cuerpo, durmiendo bajo algún árbol que ofreciera un espacio entre sus raíces, consumiendo las escasas viandas que portaban consigo, soportando el frío y la humedad de los amaneceres, la pesadilla de los mosquitos y otros insectos innumerables, encendiendo apenas un miserable fueguito porque debían protegerse de los osos que habitaban el bosque y cuyos rugidos se sentían de cuando en cuando. Por suerte no se toparon con ninguno, pero un buen susto se llevó Gulbenzi cuando una inclemente noche una serpiente que buscaba calor trepó por su cuerpo. Afortunadamente su grueso jubón lo protegía cuando dio un salto y aplastó al animal pisándole la cabeza reiteradamente con sus grandes botas. Sólo entonces se dio cuenta de que había tenido mucha suerte, cuando vio los dos puntitos provocados por los colmillos del animal marcados en el cuero de buey reforzado con que había sido confeccionado su abrigo, casi una coraza, al estilo de la época, en la que eran frecuentes los lances de armas y una protección extra siempre venía bien.
Pero fue sólo el susto, compartido por ambos. El resultado fue que aquella noche no pudieron dormir más y el amanecer, colándose entre la ramazón los sorprendió sentados uno de espaldas al otro, ateridos de frío y de miedo.
Temprano volvieron a caminar, llevando a sus caballos por la brida, otra cosa hubiera sido imposible, hasta que los árboles se hicieron más ralos y escasos. Tras dos días en aquella pesadilla por fin se le empezaba a ver la punta a la madeja, o debe decirse a aquel laberinto salvaje.
Gulbenzi notó los cambios del paisaje; hubieran sido bonitos si no fuera porque anunciaban los dominios del Señor de Castracane. Los agrestes montes se veían atravesados por senderos de tierra rojiza y canales de agua cristalina. Trepándose a algún promontorio podían entreverse a lo lejos alamedas azules y prolijos jardines. Pero no era un territorio enteramente civilizado ni mucho menos. Se trataba de los cotos de caza de Ferruccio de Castraccane.
Tomaron con mucho cuidado por uno de aquellos caminos, y al volver un recodo se encontraron con una horca de la cual pendían los despojos de dos hombres. Llevaban varios días allí, y las alimañas y los insectos habían dado buena cuenta de ellos.
– Cazadores furtivos, o quizás ladrones, la justicia del señor de estas tierras tiene fama de ser drástica e impiadosa…- dijo Giuseppino.
-Quizás estos hombres tenían familia, hijos, esposas, padres que los esperarán en vano… ¡duros son los tiempos que corren!- agregó Gulbenzi, quién desesperaba de ver alguna vez tiempos mejores. En realidad ni en su amada Florencia, ciudad estado que pretendía ser libre e independiente se podía esperar más justicia, a la vista estaba las masacres provocadas periódica y alternadamente por Guelfos y Gibelinos.
– ¡Debemos extremar los cuidados, esta gente odia a los intrusos, ni siquiera creerán que somos fugitivos de alcurnia, en el estado lastimoso que presentamos ni yo me lo creería!- dijo Giuseppino.
– ¡Yo llevo documentos que acreditan quien soy! – dijo Gulbenzi- ¡Pero esos mismos documentos serían nuestra perdición, lo más probable es que nos asesinen para apropiarse de ellos, y en el mejor de los casos nos secuestrarían para cobrar rescate, y ni por eso nos escaparíamos del tormento y la muerte; esta gente no deja enemigos a sus espaldas!
– ¡Tristes pensamientos, pero debemos tener fe! ¡Preocupémonos de lo inmediato!- acotó sabiamente el Copero Mayor, cuya lealtad y agudeza sorprendía a Gulbenzi.
Estaban en peligro, bien lo sabían, la noche se acercaba; hacer fuego y atraer a los ballesteros de Castracanne o no hacerlo y sufrir las inclemencias del incipiente invierno, o quizás morir en las garras de algún oso o de los lobos que abundaban en el coto de caza era una sombría disyuntiva.
A medida que las sombras aumentaban la frialdad de la noche comenzó a calarle los huesos. Decidieron encender una hoguera costara lo que costara, preferían enfrentar a los seres humanos y morir en lucha digna y no de frío o de pulmonía. Prepararon su campamento en una gruta formada debajo de las raíces de una enorme encina derribada. Gulbenzi trepó a la cima de un árbol y observó las cercanías. No había signos de movimientos y los pájaros continuaban con sus cánticos habituales. Antes de encender el fuego arrastró un tronco hueco, para utilizarlo de empalizada y apoyar la ballesta en caso de un asalto. Cortó una rama y la desgajó dándole forma de brazos, la cubrió con su túnica y le acomodó el yelmo, le colgó su escudo y luego la clavó a una distancia prudente. Visto a cierta distancia era un señuelo bastante aceptable.
Luego encendieron el fuego y se echaron a descansar, rendidos, semiocultos bajo el árbol caído. Había sido un día terrible, pero no había otra forma de llegar a Génova. Sus conocimientos de política lo tranquilizaban un poco en el sentido de que los mejores soldados de Castracane deberían estar a la orden del Déspota en su guerra coaligada con Venecia contra la República de Génova.
A la mitad de la noche, un fuerte aletear de pájaros sorprendidos lo despertó bruscamente. Tomó su ballesta y la apoyó sobre el tronco. Escuchó un crujir de arbustos y los roncos ladridos de un mastín acercándose velozmente, la luna se alternaba brillando y ocultándose tras espesas nubes negras que pasaban ligeras. Al iluminarse la escena, la brillante dentadura del dogo, destelló a pocos metros de él, y eso le costó la vida, el dardo de la ballesta de Gulbenzi se le incrustó entre los ojos. Sus dueños se abalanzaron, engañados hacia la figura simulada del caballero recostado, que brillaba a la tenue luz de la luna. En un pantallazo de luminosidad, vio a varios pesados hombrones destrozando a hachazos al supuesto caballero que “dormitaba” en cuclillas. Advirtió que el fuego se había apagado, y una tenue luna menguante iluminaba apenas la escena. Le pareció que los atacantes deliberaban brevemente, luego escuchó gritos, por acá, por allá, y el ruido de pisadas corriendo por todo el lugar. En segundos estarían sobre él. Sintió una mano que se depositaba suavemente sobre su hombro. Era Giuseppino, con una espada en la mano. Se miraron en silencio y se aprestaron a la lucha. ¿Eran hombres de Castracanne o bandoleros? Lo mismo daba. Uno de ellos cometió la imprudencia de encender una antorcha, lo que le permitió a Gulbenzi eliminarlo con otro certero tiro de ballesta. Quedaban aún cuatro, según lo que había podido contar, armados de hachas y espadones. Muerto el dogo, y contando con su gran habilidad en la espada, ya no era tan comprometida su situación, se trataba de cuatro o cinco esbirros seguramente torpes en el uso de las armas contra un caballero adiestrado en el noble arte de la esgrima y un servidor de palacio que había tenido también su entrenamiento. Gulbenzi disparó aún varias veces su ballesta, y le pareció que había derribado a otro. Hizo un gesto a Giuseppino y contando con la ventaja de la sorpresa se lanzó hacia los asaltantes, la espada levantina en alto. Esquivó fácilmente el lance de sus atacantes, y tumbó a uno con un mandoble y a otro con un certero revés que le abrió la cara. Se encaró entonces con otro y advirtió que a pocos metros Giuseppino hacía lo mismo. “Uno contra uno, esto no tiene gracia” pensó Gulbenzi redoblando su esfuerzo para ir cuanto antes en ayuda de su compañero. Concentrado en el combate no advirtió que el primer sujeto al que había derribado estaba herido, pero no muerto. Se levantó como pudo y enarbolando una enorme maza golpeó en la espalda a Gulbenzi quién rodó por el suelo. Giuseppino no lo dudó, saltó sobre el agresor y con un fuerte golpe de su acero casi le rebanó la cabeza. Pero ese descuido le resultó fatal, el hombre con quien había estado contendiendo un segundo antes vio su oportunidad y le hundió la espada en la espalda. Giuseppino se desplomó con un quejido hondo, lastimero, y en segundos exhaló su último suspiro. Como tantos hombres leales murió lejos de su tierra, en un lugar oscuro, sin futuro y sin memoria. Gulvenzi no estaba herido de muerte, pero sintió en su camisa de lino la humedad de la sangre. Se levantó lo más rápido que pudo, la exaltación y la bravura lo enceguecían. Bajo la pálida luz lunar del claro se vieron los aceros entrecruzándose, uno contra dos. Gulvenzi no sentía dolor, el instinto de supervivencia y la suerte de su amigo, a quién suponía herido de muerte eran enervantes poderosos. En un instante despachó a uno, el otro se movía con dificultad, como si estuviera herido. Entonces lanzó un rugido florentino y eso bastó para que emprendiera la huida. Gulvenzi hubiera querido seguirlo para no dejar testigos, pero quería antes que nada asistir a Giuseppino. Pronto comprobó que era tarde, ya no respiraba. Tuvo un momento de hondo pesar, pero pronto se recompuso. No tenía herramientas para intentar dar sepultura a Giuseppino, así que lo cubrió con piedras lo mejor que pudo, sintiendo cada vez más intensamente el dolor en su espalda. Tras rezar y santiguarse ante la improvisada sepultura de su servidor se subió a su caballo y llevando el de Giuseppino por la rienda reemprendió el camino. ¿Por que los asaltantes no habían ultimado a los caballos, ni los habían espantado? Seguramente querían apropiárselos, agradeció la codicia que le permitió disponer de los nobles brutos. Pese a lo precario de su situación no pudo evitar una sonrisa y una sensación de satisfacción interior. Había sido su primera acción bélica en mucho tiempo. Aún llevaba su espada en la mano, precavidamente. La envainó no sin antes besarla. Se trataba de un arma muy querida para él, le había costado una fortuna. Se decía que había sido hurtada al mismísimo sultán de Valencia, así lo juraba sobre la Biblia en mercader que se la había vendido, mostrando una ilustración en la cual el mencionado gobernante la exhibía orgullosamente. A Gulvenzi le pareció raro, porque es sabido que los musulmanes no permiten el uso de imágenes figurativas, pero la pieza era espléndida, legítimo acero español, así que después de regatear un rato la había comprado a la cuarta parte de su valor inicial, y no se arrepentía. Aquella espada terminaba de prestarle excelentes servicios.
Pero estos pensamientos no le hicieron perder tiempo, una vez que raleó el boscaje se alejó al galope. Tenía la esperanza de que aquellos hombres fueran simples bandoleros, pero si eran servidores de Castracanne, seguramente volverían con refuerzos, y ya comenzaba a aclarar el día. En esa región había valles y bolsones de bosques, se dirigió a uno de ellos, el más tupido. Era difícil avanzar, en algunos lugares tuvo que abrirse paso con la espada como si fuera un machete. Le dolía mucho la espalda. La cabalgadura extra comenzaba a ser un contratiempo. Le quitó los arreos que arrojó en unas matas de espinos y lo dejó ir.
Era consciente de que estaba sorteando un peligro inmediato, pero otros lo acechaban. Se sentía debilitado, tenía hambre, además estaba herido y no sabía si estaba bien encaminado, hacía rato que había perdido el rumbo. Su permanente movimiento había impedido que cerrara la herida, perdía sangre, y siempre estaba el peligro de la infección. Desfallecía por momentos, un par de veces estuvo a punto de desmayarse. Fue así que llegó al borde de un camino perfectamente delineado. Se esforzó por ver hacia donde conducía. En ese preciso instante perdió el conocimiento. Se fue deslizando por el flanco del caballo y cayó, casi suavemente entre las matas al borde del sendero. Cuando despertó su caballo no estaba. Supuso que se había alejado buscando algo que ramonear, aunque con el freno puesto le iba a costar. Miró a todos lados pero no lo vio. Maldijo mentalmente, y casi deseó que se lo hubiera llevado algún ladrón y no un hombre de Castracanne, sabría que había algún viajero en los alrededores y lo buscaría.
Pero no tenía fuerzas para ir tras su caballo. Un camino era por cierto, un lugar peligroso, pero no tenía más remedio que recorrerlo, tampoco podría sobrevivir mucho tiempo en las condiciones en que se encontraba. A medida que avanzaba, se iba sintiendo más mareado, la pérdida de sangre continuaba. Ahora ya no tenía más remedio que encontrar un lugar donde lo ayudaran, pensó en la fortuna que le cobraría Castracanne por permitirle conservar la vida. Y después del escarmiento que había dado a quienes suponía eran sus hombres no podía esperar ningún tipo de contemplación, si lo capturaban lo más probable era que lo cortaran en tiras, lentamente, en el mismo lugar de su aprensión.
Sintió que perdía el equilibrio. Debilitado por el agotamiento, la pérdida de sangre y el dolor de lo que suponía era un omóplato fisurado se tambaleó y cayó. Desde un pozo oscuro le pareció escuchar voces femeninas que discutían y ordenaban cosas distintas, acá, allá, así, asá, y le pareció que se referían a él, como en un sueño, y escuchó además una voz de hombre, pero distinta, delicada. Intentó incorporarse y nunca pudo. Sintió que unas manos se apoderaban de él, lo transportaban, lo subían y bajaban hasta que lo depositaban en algún lugar blando. Eran muchas manos delicadas. “¿Dónde estoy, quiénes sois vosotras?” quiso preguntar, aunque lo más posible es que sólo le hubiera salido un balbuceo babeante e incomprensible. Luego cayó otra vez en el pozo profundo y silencioso.
…
Volvió en sí de a poco. Algo le decía que antes de mostrarse consciente debía tener una mínima idea de donde estaba. Le dolían la cabeza y la espalda. Recordó la herida, quiso tantearse y descubrió con sorpresa que estaba desnudo de la cintura arriba y que había sido vendado a la altura del cuerpo donde había recibido el mazazo. Le dolían la cabeza y la espalda, debió estar mucho tiempo inconsciente porque le ardían los ojos. Trató de acostumbrarse a la penumbra, creyó advertir un par de faldas amplias y coloridas que revoloteaban por la habitación, y entre cortinados de terciopelo rojo un rayo moribundo de sol que iluminaba tenuemente la escena.
Aunque no lo hubiera querido sus movimientos no pasaron inadvertidos para las damas.
– ¡Pues mira quien termina de despertar!- dijo una de ellas- ¡Hola!, ¿estás ahí? No te muevas, estás muy débil. ¡Eh tú, llama a la Señora y a Pascualino, rápido!
Se sentó junto a él, le puso la mano sobre la frente y agregó:
– La fiebre parece haber cedido un poco, ¡de buena os salvásteis! Si no os hubiéramos encontrado a estas horas serías pasto de las fieras… ¡o de los hombres!
Un instante después entraban a la habitación una mujer de cabello dorado, casi rojizo, cuyas facciones no pudo captar bien contra el fondo resplandeciente del atardecer, acompañada por un hombre relativamente joven y de modales exagerados y amanerados.
– ¡Ha despertado, bien, temíamos que no lo hiciera! ¡Traed un tazón de caldo, este hombre necesita reponerse, y rápido, según creo!- dijo con voz aflautada el hombre, mientras golpeaba las manos y hacía aspavientos muy particulares. “Un eunuco- pensó Gulbenzi-, la iglesia ha prohibido esas prácticas bárbaras, pero no ha podido terminar del todo con ellas”.
Un instante después una doncella le ponía en la boca cucharada tras cucharada de un exquisito caldo dorado y humeante que a Gulbenzi le supo a gloria.
– Veo que os ha bajado la fiebre, ¡sois un hombre realmente duro! Bien, ahora debes contarnos, no te molestes en mentir tu identidad, sabemos quién eres, Príncipe Gulbenzi de Florencia, vimos los documentos que portas en tus alforjas, lo que nos interesa es saber cómo llegaste aquí, ¡y cuidado con lo que dices, que tu vida pende de un hilo! Hay partidas de hombres buscándote, aunque por ahora desconocen tu identidad y que estás en este lugar…- quien así hablaba era la mujer del cabello rojizo- dorado.
Las sombras habían oscurecido las ventanas, alguien arrimó un candelabro, y acostumbrando sus ojos a la precaria luz Gulbenzi pudo apreciar más detenidamente los rasgos de quien llevaba la voz cantante, y parecía el ama de todas las demás. Le sorprendieron sus rasgos finísimos, la piel rosada, los cabellos rojizos peinados en bucles que caían con atractivo descuido sobre sus hombros, los ojos que adivinó de un azul profundo a la luz mortecina de los cirios.
– Hermosa señora- dijo-, antes que nada estoy infinitamente agradecido a los cuidados que me habéis prestado, yo sabré recompensaros si no me entregáis a esas partidas de hombres que según vos me buscan…- la mujer martilleó el piso con impaciencia y se dio cuenta de que no le interesaban de momento cumplidos, agradecimientos ni promesas, así que se apresuró a ir al grano.
– Ya sabéis que soy Francesco Di Marco Datini, Príncipe de Gulbenzi. Mi historia es muy sencilla. Los de mi estirpe y mi partido, hemos sido víctimas de una conjura, los usurpadores han traicionado a Dios y al Papa – en realidad Gulbenzi no era muy partidario del Papa, pero creyó acertadamente que lo mejor en cualquier circunstancia y lugar era proclamarse afiliado al mismo- y han dado un golpe de mano en mi amada Florencia, he tenido que huir con lo puesto para salvar mi vida. Sólo dos hombres me acompañaban, pero no eran hombres de armas, sino personas que por servirme estaban en grave peligro. Uno de ellos, mi senescal, retrocedió pues no estaba preparado para la aventura. El otro, mi fiel copero mayor – y aquí no pudo evitar un gesto de pesadumbre y titubeó un momento al recordar a aquel hombre que lo había servido desde que era un niño- … fue asesinado por los mismos forajidos que me atacaron a mí, no pudo defenderse, pero aún así logró salvar mi vida. ¡Aunque puedo aseguraros que dimos buena cuenta de ellos; eran cinco, y sólo uno de ellos sobrevivió!
La mujer de cabello color atardecer se movió con interés estirando su cuello. La historia comenzaba a gustarle, era como el relato de un juglar, con la diferencia de que era contado por su propio protagonista. Su perfil nacarino se dibujaba ahora vivamente a la luz de los cirios. Gulbenzi, dolorido y fatigado, hubiera preferido reposar, pero conmovido por la belleza de la muchacha continuó casi tartamudeando su historia.
– Nos habíamos internado en estos bosques tratando de llegar a la costa, y de allí a Génova o Valencia, donde tengo amigos e intereses. Pero en medio de la noche fuimos atacados por unos hombres, no tengo ni idea de quienes eran, conseguimos tomar las armas y despachar a un par, pero mi fiel servidor fue herido de muerte al cubrirme la espalda. Tuve que luchar solo para defender mi vida, me cercaban con teas encendidas, lo que aproveché para dejar a un par de ellos fuera de combate con mi ballesta, luego me fue imposible seguir utilizándola por lo que recurrí a la espada, debo decir con orgullo que saqué de este mundo a dos de aquellas alimañas traicioneras, y uno, sólo uno consiguió huir.
Gulbenzi hizo una pausa. No recordaba con precisión cada detalle de aquella vorágine nocturna, pero creyó que se había acercado bastante a los hechos. Consciente de que centraba toda la atención de las jóvenes, no pudo sino sentir un orgullo que le trepada por el cuerpo en forma de una onda cálida. Continuó, olvidando su lastimosa condición:
– Traté de alejarme de aquel sitio, no sé cuánto tiempo cabalgué, hasta que de repente, desfalleciente, me encontré en el camino de piedras rodeado de árboles ornamentales y enredaderas que conduce seguramente a vuestra… – acá miró a su alrededor, ¿dónde estaba?, por el lujo de los cortinados, la amplitud de la estancia, la solidez de los muros y la cama mullida y cubierta de edredones primorosamente labrados al estilo hanseático supuso que era un castillo o una mansión, y que aquella señora era una noble dama cortesana, una princesa o algo por el estilo- … en vuestra casa, que por lo que veo revela un alto linaje, pero decidme señora, ¿quién eres, a quién debo la vida? No toméis como una ofensa mis palabras, pero soy mucho más valioso vivo y libre que en cualquier otra condición…
– No sé si os hará feliz saber quién soy… mi nombre es Gigliola di Santo, y vivo en esta casa por obra y gracia de Castruccio di Castracanne, Condestable de Luca, mi señor- puso énfasis en las últimas palabras, como para no dejar duda de quién era el amo, y posiblemente su dueño.
– He oído decir que es un hombre terrible… no me interné en sus tierras por mi voluntad, huía de mis perseguidores, no tuve opción. Espero que no me entregues a él, apenas me recupere retornaré al camino y no volverás a saber de mi. Os pagaré bien…
– Es harto difícil lo que me pedís. Hay muchos ojos en estas tierras, y todos están ansiosos por correr con cualquier cuento a Castracanne, todos viven acá de sus limosnas, incluso… – iba a decir “incluso yo”, pero se contuvo, su situación había quedado suficientemente clara con sus palabras anteriores, y no quiso agregar argumentos que la desmerecieran a ojos de aquel hombre, de momento en su poder, pero que por lo que había visto era persona de posición social y económica elevada, uno de esos que hoy están huyendo para salvar su pellejo y mañana pueden estar en la cima de su fortuna. Además había visto lo suficiente para advertir que era un mozo gallardo, sin duda un refinado y seductor florentino. Gulbenzi se veía hermoso a su manera, pálido, desgreñado, demacrado. Tenía rasgos finos, alta estatura y cuerpo proporcionado. Su figura crecía y se embellecía en comparación con el rústico, grueso y semi calvo Castruccio. Decidió rápidamente que podía esconder un par de días a Gulbenzi, si lo descubrían podría argumentar que no sabía quién era, ni cómo había llegado hasta allí, incluso podía hacerlo desaparecer sin dejar rastros, para ello bastaba poner algo en su comida. Como cualquier italiano o italiana de clase alta conocía bien los recursos del veneno, y luego solicitar a Pascualino, el castratti, que lo arrojara en alguno de los profundos pozos que ocultaba la mansión, a los cuales quien sabe cuántos cuerpos habían sido lanzados en el último siglo. ¡Misterios del alma femenina! ¿Qué puntos sensibles tocó Gulbenzi en el corazón de Gigliola? Un hombre bastante joven, atractivo, rico y poderoso otrora, ahora en desgracia, desvalido, necesitado de protección y quizás de afecto… estaba decidido, lo ocultaría un par de días, y luego vería que hacer con él, siempre y cuando no la comprometiera.
– Bien, ahora debéis descansar y reponeros. Volveré luego, permanece aquí, no llames la atención de ninguna manera y quizás aún puedas salvar tu vida.
Dicho esto salió y llamó a sus dos doncellas.
– Quizás podamos obtener beneficios importantes de este hombre. No digáis a nadie lo que habéis visto, nadie debe saber que está acá, sobre todo los guardias que están a las puertas de la mansión. ¡Si esto sale de acá caerá sobre ustedes toda mi ira, y bien sabéis el poder que tengo sobre el amo de estas tierras!
Así era, efectivamente. Gigliola era un Ave del Paraíso en jaula de oro, pero traía de cabeza a Castraccane, quién podía ser terrible, pero había sido rendido sin condiciones por aquella bellísima criatura. Había sido entregada a Castracanne por su propia familia, a cambio de bienes y privilegios que habían devuelto a su padre la perdida condición de hidalgo de fortuna. Por otra parte era aquél un hombre al que no se decía que no, cualquier intención en ese sentido hubiera tenido desastrosas consecuencias. Castracane estaba casado con una princesa del Vénetto, una unión que le había aportado tierras y aliados poderosos, y que no podía poner en peligro repudiando a su esposa, por más que fuera ésta una gordita petisa, vulgar y de mal carácter. En otras palabras era una Castruccio con faldas, digna esposa de su esposo, sujeta de proterva manera a su marido, a quien perdonaba de mala gana algunos deslices, pero que consideraba su propiedad inalienable. Castruccio había tenido que llevar lejos a Gigliola, porque la princesa Lavitnia no permitía que ninguna amante de su marido sobreviviese bajo su mismo techo, es decir en el castillo del Lago di Garda. Un par de intentos en ese sentido había terminado de la peor manera para las pobres muchachas. Una de ellas fue expulsada con lo puesto tras ser azotada cruelmente en el patio del castillo con cualquier excusa, y la otra murió misteriosamente, tras sufrir atroces dolores y estertores. Una muerte sospechosa, cuando menos. Así que Castruccio decidió que sus amantes debían permanecer lejos de su legítima esposa, aunque más no fuera para evitar tener que reponerlas cada poco tiempo. Eso había hecho con Gigliola di Santo, a quien había asignado una villa señorial en el medio de sus cotos de caza, una residencia de verano que había ocultado cuidadosamente a Lavitnia. Aún así temía por la vida de la bella, y había impuesto dos guardias permanentes a la puerta de la villa y juramento de silencio a todos los servidores, que se reducían a cuatro: dos doncellas, un viejo caballerizo y un castratti de bella voz, que había adquirido por orgullo, para mostrar su arte en alguna celebración y con el cual no sabía muy bien que hacer durante el resto del tiempo. Un viejo, un eunuco afeminado y dos doncellas: así podía estar seguro de la fidelidad de Gigliola, con la cual estaba realmente entusiasmado. De no haber sido Castruccio, hasta podría decirse que estaba enamorado. Pero ésta era una palabra que el señor de Castraccane no había pronunciado en su vida y un sentimiento que no reconocería jamás.
Así puestas las cosas no es de extrañar que la bella Gigliola sintiera un extraño palpitar de su corazón cada vez que entraba al cuarto donde reposaba Gulbenzi. A la mañana siguiente lo encontró bastante recompuesto, la comida, el descanso, un poco de agua y un cepillo lo habían transformado en otra persona, todo lo que intuía el día anterior pudo comprobarlo: la apostura y dignidad del florentino, hombre de alta familia y acostumbrado a mandar se hicieron evidentes ante sus ojos. Y allí estaba en ese momento, ese hombre seguramente codiciado por tantas damas cortesanas, en su poder, casi podría decirse a su albedrío. Era una sensación nueva, y a Gigliola le gustaba.
– ¡Os veo muy repuesto Conde, sin duda ya estarás pensando en partir! Pero tu situación es bastante difícil aún, ¿qué haremos contigo?… ¡tal como están las cosas sólo eres un gran dolor de cabeza!
– ¡Señora, soy un hombre muy rico! ¡Si me ayudas a llegar a Génova, donde tengo grandes intereses en una compañía naviera la recompensa será infinitamente mayor que si me entregas!
– Ya sabemos que eres un hombre rico, hemos visto los documentos que portas, ¡pero el asunto es que si Castracanne se entera ni tu vida ni la mía valdrán un pepino!
– ¡Te daré esos documentos, son letras de cambio que valen mucho dinero! Sólo ayúdame a llegar a Génova, te lo pido por favor…
El tono imploratorio de Gulbenzi conmovió a Gigliola. Que un hombre como aquel le rogara a ella, una simple mantenida, oculta y relegada a un segundo plano sólo para servir de distracción a su señor en esporádicas ocasiones, le daba una sensación de poder y de vida nunca antes sentida. No pudo evitar que por su cabeza empezaran a pasar locos y descabellados proyectos en los que se veía unida de alguna manera a aquel noble infinitamente más guapo, joven y cortés que su amante y viviendo una aventura digna de los libros de caballería.
Hubo una larga pausa en la que Gulbenzi se dio cuenta de que se estaba jugando su suerte. Estaba muy débil aún para saltar de la cama, apoderarse de un arma e intentar una fuga desesperada, como hubiera hecho normalmente. Por otra parte el brillo que advertía en los ojos de la joven cuando ésta lo miraba le decía que allí se jugaba algo más que su vida, que también él podía ser gloriosamente recompensado por aquella joven de sin par belleza…


