Cap.9- CONDE RODRIGO DE VILLAJOYOSA Y DE ALFAZ
El nacimiento del siglo XIV encontraba a los reinos ibéricos en guerra con el Califato de los Omeya que se retiraba cada vez más hacia el sur de la península. Los nobles ibéricos se dedicaban tan solo a exterminar moros y a cobrar rentas de sus vasallos.
Para Rodrigo esto era una tragedia porque sus mejores amigos eran moros de la alta nobleza que se dedicaban al cultivo de las artes, principalmente el ajedrez y la música. Esas eran también sus dos más grandes pasiones y si bien reconocía la necesidad de luchar por la reconquista del territorio antaño perdido, rechazaba de plano la guerra de exterminio que se estaba llevando a cabo. La impiedad de una parte provocaba la respuesta del otro, y las masacres de moros y cristianos inocentes era cosa de todos los días, algo que repugnaba a nuestro héroe, el Hidalgo Caballero don Rodrigo de Villajoyosa y Alfaz.
Por su desempeño heroico en la batallas, Rodrigo había sido nombrado procurador real de la corte de Aragón en Valencia, y luego Condestable, cargo que equivalía al de comandante en jefe de los ejércitos. Se desempeñó como tal durante un breve lapso, desde el 98 hasta fines del año 1300, cuando por motivos desconocidos cayó en desgracia ante el rey y se vio forzado a abandonar el reino.
Seguramente influyó en su caída el trato demasiado humanitario que dispensaba a sus enemigos. Nunca pudo encajar bien la obligación de eliminar a los prisioneros y fue señalado varias veces por desobedecer las órdenes de ejecución.
No cabían dudas que Rodrigo era un valiente, había ganado la mayoría de sus honores por su alto desempeño en el terreno del combate y la noticia de su destitución caló hondo en Aragón. Fue entonces que dio un viraje profundo a su vida. Se retiró a las montañas donde vivió un tiempo apartado, algunos dicen que en esa época fue una especie de ermitaño dedicado a la meditación. Otras versiones reproducen una leyenda que lo identificaba con un famoso pero humanitario bandido que por esas fechas asolaba los reinos del norte al mando de una numerosa partida de fieles seguidores, una especie de Cid Campeador, en quién sin duda se inspiraba, y que luego de sus fechorías, que algunos tildaban como hazañas, buscaba escondite en las agrestes montañas.
Lo cierto es que Rodrigo borró el título de Condestable de Aragón de su escudo ocultándolo con una banda de cuero y limó los engastes de su espada para que no quedaran vestigios de sus emblemas. Por esos tiempos, los llamados “Inquisidores de Carcassone” perseguían a los herejes que cruzaban los Pirineos con el fin de embarcarse hacia Lombardía donde imperaba una cierta tolerancia hacia sus cultos. Rodrigo los guiaba y los ayudaba a atravesar los enmarañados senderos de las montañas. Cuentan que fue una verdadera pesadilla para las huestes de la Inquisición. Se escondía en lo alto de los pinos y de las rocas y desde allí él y sus hombres disparaban sus flechas provocando grandes bajas a los soldados de la Santa Hermandad, el brazo armado de la Iglesia, que cumplía lo que hoy llamaríamos funciones policíacas.
Sólo cuando la caza de los herejes cátaros se volvió prioritaria para la Iglesia, enviando un ejército coaligado de los Reinos de Navarra y Aragón a batir palmo a palmo las escarpadas alturas de los Pirineos, se vio en la necesidad de poner pies en polvorosa.
Seguramente huyó logrando amparo en el feudo de su amigo el Conde de Foix donde vivió por el resto de su vida en forma apacible… o no. La historia de Gailsden nos relata algunos episodios rescatados de su vida en aquellos supuestamente tranquilos “tiempos franceses”.
-Maldición, ningún indicio de civilización, ¿es qué por aquí la gente vive en los bosques como los bárbaros?- pensaba Villajoyosa mientras azuzaba su caballo.
Progresivamente un tufillo delicioso se deslizó por entre los pinos e impregnó sus fosas nasales. Una incontenible emoción le embargó. El aroma de una pieza de caza asándose en su punto exacto se mezcló con el de la resina. Espoleó su caballo hacia la dirección de la cual provenía el olor y al traspasar unos arbolillos, le cayeron encima dos hombrones; al darse contra el suelo, cada uno de ellos le asió una pierna, intentó sacar la espada, pero sintió la fría punta del acero de un tercer individuo en su garganta.
-¡Un momento- gritó este último, que por su vestimenta parecía ser un acaudalado caballero-, su aspecto me resulta conocido!
Rodrigo llevaba una barba crecida y desarreglada, por lo que no era fácil ser reconocido ni siquiera por un amigo íntimo.
– ¡Sire, seas quien seas, sabed que os encontráis en mis cotos de caza y prohíbo terminantemente deambular por ellos!
– Hace meses que no veo más que árboles, soy o fui, el Conde de Villajoyosa y de Alfaz, si sois un Caballero seguramente habréis oído hablar de mí.
-Pero… ¡no puedo creer que sea tú, el mismísimo conde de Villajoyosa!, ¿qué haces por estos parajes y en ese estado tan lamentable? ¡Tanto tiempo sin veros que no logro reconoceros! ¿Dónde está el resto de vuestra comitiva, no estaréis solo?, ¡es temerario internarse por estos bosques sin guías!
-¡Oh, pero si sois vos mi querido Foix, que alegría infinita veros Conde!- respondió incorporándose el otrora Conde de Villajosa y Alfaz, a quien de aquí en adelante llamaremos las más de las veces Rodrigo- ¡Ciertamente me he visto obligado a salir en forma bastante improvisada de Barcelona y he omitido varios de los detalles que mencionas! ¡Es que vivimos en un mundo muy turbulento en el cual muchas veces no somos bien interpretados y hay veces que se está más seguro en las entrañas de los bosques dónde ni uno mismo se encuentra!
-La verdad Villajoyosa, me venís de perillas, pues comenzaba a sentirme demasiado solo. Mis familiares, acostumbrados a las blanduras y comodidades de una vida que yo mismo les he proporcionado, odian la caza y ninguno se presta a acompañarme. Me ayudarás a dar cuenta de este jabalí asado y mientras tanto me contarás como has llegado a este miserable estado…
Luego de ese día junto a su amigo debemos conformarnos con imaginarlos empequeñeciéndose en la polvareda que provocaban sus cabalgaduras al volver al Condado de Foix. Dejaremos por ahora a estos dos nobles, en un momento tan disímil de sus historias personales.
Lo que sí sabemos es que el Conde de Foix era uno de los mencionados en la lista de los invitados al torneo de Gauillón, y que llegó allí acompañado por el Caballero Rodrigo de Villajosa y Alfaz, ex Condestable de Aragón caído en desgracia.


RECINE LEONEL
La introducción del nuevo personaje Rodrigo es sobresaliente, muy disfrutable, arriba con todo Mauro¡¡¡