Cap.15- La Noche Anterior

15- LA NOCHE ANTERIOR.

 

Los encuentros se sucedieron ante la tensa expectativa del público, tanto noble como plebeyo. Muchas cosas dependían de los resultados de ese día. Desde temprano se vio a los palafreneros y escuderos trabajar intensamente, cepillando a los robustos caballos, lustrando las armas, enderezando cascos y armaduras abolladas, preparando las túnicas bordadas, los pendones y banderas. La gente del pueblo, viejos, mujeres y niños en su mayoría como ya hemos dicho, se acercaron desde temprano a ver los preparativos. Eso permitió a algunos confraternizar con los servidores, cuya suerte era envidiada por los niños, quienes soñaban con servir a los nobles y gallardos caballeros, y algún día, quizás, poder subir un caballo y empuñar una espada, como Sir Perceval de Gales, que había sido de humilde origen, ¡quién sabe! Los escuderos aprovecharon la ocasión para intimar con las siervas de palacio, nada remilgadas y acostumbradas a las fiestas de Gauillón.

Vendome ingresó a su tienda alegremente. Venía de la villa donde se había solazado con la bella Brunette, la morena que se sentía desairada por no haber sido la elegida de Lusignan y no había vacilado en entregarse a Vendome, pidiéndole a cambio que aniquilara sin piedad al mencionado caballero, quien según decía, había tenido para con ella “un comportamiento grosero” cuando llegó a la villa, dando a entender que la había ofendido de hecho o de palabra, cuando en realidad la ofensa del Señor de la Marche-Angulema se había limitado a rehuirla para refugiarse en los brazos de Vana, quien lo había seducido desde el primer momento. En un noche de placer y desenfreno Brunette había gemido y gritado frenéticamente, alternado el nombre de su caballero con las maldiciones dirigidas hacia su rival.  A Vendome le llamó la atención aquel frenesí mezcla de ardor y despecho,  pero prefirió no profundizar, en realidad no le importaba en lo más mínimo, su único interés era disfrutar los encantos de la bella morena, a la que quizás, y sólo quizás, le propusiera seguirlo al regreso a su tierra, o mejor aún, en la campaña por la reconquista de la Guyena. Le parecía ésta una empresa un tanto traída  de los pelos, y sólo estaba dispuesto a emprenderla ante la promesa de una recompensa segura, como lo era, en caso de ganar el torneo, el derecho a reclamar un feudo antes que ningún otro. Ahora, podía agregar los fervores de Brunette como algo que lo podía retener más tiempo por aquellas remotas tierras, y se acordaba por supuesto de Blois, su eterno enemigo, con quien deseaba ajustar cuentas en el mismo torneo. De hecho ya palpitaba la posibilidad de cruzarse con el Conde de Foix y vengar agravios, quizás ese mismo día, si la fortuna lo ayudaba.

Mientras tanto Blois, que se había quedado sin pertrechos y sin servidores ante el sorpresivo ataque de los ingleses en el Loira, como vimos anteriormente, regresaba del pueblo donde había dormido solo, soportando los bufidos de Rigodón, el servidor de Gauillón que este había puesto al servicio del Conde, al igual que un par de caballerizos.  Mientras, esperaba la llegaba de una nueva escolta pues de ninguna manera quería regresar a su tierra junto con Vendóme, como había llegado hasta allí. Eso sería ponerse en manos de su enemigo. Bien que durante el episodio antedicho había surgido entre ambos algo que no existía antes, algo que no podía denominarse afecto, sino más bien un confuso sentimiento de odio y atracción, algo que los llevaba a buscarse, pero para confrontarse y echarse pullas. Mientras meditaba sobre los episodios de los días previos a Blois le costaba conciliar el sueño y reflexionaba sobre la misión que le había encomendado Felipe. Por un lado le repugnaba un poco la condición de espía, ¿y por qué tenía él que entremeterse en los asuntos de los Capeto? Él hubiera sido feliz de quedarse en su condado, salvo por la presencia de Margarita, la esposa impuesta por el rey, su propia hermana, una alianza ventajosa pero de la que rezongaba pensando si no hubiera sido mejor seguir apartado de los asuntos reales, pasándola lo mejor posible en su feudo, solazándose con las campesinas más hermosas de los alrededores sin necesidad de contraer matrimonio con una soberbia y mandona mujer que todos los días le recordaba quien era. Para peor ahí se encontraba prácticamente solo, a expensas de sus enemigos, que los tenía, y no sólo Vendome. Bien sabía que Carlos Valois lo miraba con desconfianza por su parentesco con el rey, y por esa misma razón lo había obligado a jurar silencio sobre lo que allí viera y oyera, aunque asegurándole que todo lo que obtuviera en aquella empresa sería para mayor gloria de la casa real francesa, y que el reino de Guyena, si algún día lograban crearlo, se declararía sin más trámite vasallo de Felipe el Hermoso y sería su fiel guardaespaldas en el peligroso Norte.

Guillón a todo esto meditaba sobre sus posibilidades en el torneo. Había avanzado sin mayores dificultades el día anterior, pero ahora había calibrado a sus contrincantes con más atención y percibía que tenía rivales temibles. No deseaba cruzarse con el rencoroso Dreux, y esperaba que alguien más lo hiciese, pero había visto que Guy de Chatillón y el señor de la Vendóme eran temibles adversarios, y en sus momentos de lucidez hasta dudaba de poder enfrentarlos con posibilidades de éxito, aunque luego su proverbial optimismo le hacía pensar que no eran los hombres, sino esa entidad superior, Dios o el Destino, quién decidía la suerte de los guerreros. Cada noche antes de acostarse había rezado fervorosamente a Santa Brígida, patrona de Bretaña, a Jesús, y había hecho todo tipo de promesas en caso de obtener la victoria. A Gauillón ciertamente no lo guiaba el afán de obtener riquezas ni territorios, en realidad él hubiera preferido que lo dejaran tranquilo en su feudo disfrutando de las damas abandonadas que requerían su compañía. Volviendo al torneo se alegraba de que dos de los caballeros más poderosos según sus credenciales y lo que había visto en la palestra estaban fuera de la lidia: Lusignan y Comminges. Aunque ahora había aparecido ese caballero español impuesto por Lusignan, el Conde de Alfaz. Los caballeros franceses, en un acto de soberbia, habían aceptado su participación pensando que el desconocido Rodrigo de Villajosa no sería de ningún modo capaz de  vencerlos, a ellos, descendientes de los Cruzados que habían recuperado el Santo Sepulcro. Gauillón no estaba tan seguro. Lo había visto entrenar con Lusignan, era diestro y robusto, y como todo español, merecía respeto desde los lejanos días de Bernardo de Roncesvalles y del Cid Campeador, vencedores de francos y musulmanes. De Bernardo se decía que había ahogado con sus  brazos al mismísimo Rolando, par de Francia y campeón invicto de las huestes de Carlomagno, aunque los francos contaban otra versión, aún más increíble que la anterior, en la que el francés había hecho explotar su cabeza tocando desesperadamente el cuerno para advertir a sus compatriotas de una emboscada. Y en cuanto al  Cid se decía que había partido a muchos hombres por la mitad con los mandobles de la Colada o la Tizona, sus archi famosas espadas. Si Alfaz valía sólo la mitad de lo que aquellos, sería un tremendo competidor… Pero no pudo pensar mucho más… una forma cálida y redonda se revolvió en la cama solicitando su atención. Era la rubicunda Apulia, una ampulosa rubia que servía en la cocina de palacio y que a Gauillón le gustaba particularmente por su  generoso busto y sus increíbles habilidades. Sus hermanas le reprochaban a veces sus gustos, que parecían más bien “vulgares”. Pero Gauillón era así, le atraían más los amores de pueblo, de establo, de cocina, que las alcobas perfumadas. ¡Qué  costumbre esa de los perfumes! Una de las tantas novedades que habían traído los cruzados de oriente, y que a él le resultaban demasiado sofisticadas y artificiales. El Barón, como tantos otros, prefería los olores naturales, como el que emanaba ahora del pecho de la muchacha. Hundió su cara con deleite entre las prominentes tetas, las lamió, las besó, las mordisqueó con delicadeza provocando los grititos de la joven, y luego se tendió de espaldas dejando que las sabias manos y la boca de ella hiciesen su trabajo, olvidado del mundo, de los trabajos y los días, entregado a ese placer sublime que Dios, en su sabiduría, hizo igual para todos, ricos y pobres, señores y vasallos, hombres y mujeres. Lo único que le hacía sublimar este sentimiento tan elemental era el recuerdo de la bella Ximena Dafons. La había buscado desesperadamente entre la concurrencia del torneo, pero inútilmente, y eso le dolía. Esperaba que ella le viera en todo su esplendor, confrontando con la flor y nata de la caballería de su tiempo. Confiaba que en ese escenario conquistaría su corazón, pero ella no se había hecho presente, ni ella ni sus hermanos ni su padre. Estaba seguro de que habían advertido su interés en la muchacha, o ella misma lo había contado, y le habían prohibido hacerse presente, y ellos tampoco se habían permitido llegar, excluyéndose de la fiesta y el espectáculo, algo que nunca más en sus vidas tendrían oportunidad de presenciar. Así eran las cosas del honor en algunas familias tradicionalistas. Pero no se quedaría en eso el asunto. Cuando terminara el torneo Gauillón volvería a la carga, y nada ni nadie podría interferir en su decisión. Ximena sería suya, de una manera o de otra. Claro que Gauillón era un hombre de corazón gentil, incapaz de forzar a una mujer, por lo que sabía en su fuero íntimo que un rechazo firme de ella sería una barrera insalvable para él. Lo que no iba a permitir era que ningún obstáculo exterior se interpusiera entre ambos, confiaba en que la fuerza de sus sentimientos terminaría por derribar todos los muros. Mientras tanto se refocilaba con Apulia, y cosa curiosa, no soñaba en ese momento con tener entre sus brazos a Ximena, de tal manera había sublimado su sentimiento que casi no se atrevía a pensar en ella como una amante sensual y rendida, la veía hermosa, pura, como en un altar, ¡pero suya, solamente suya!

Similares eran las preocupaciones que esa noche acuciaban a Valois y  Dreux. Ellos se habían quedado en el castillo de Gailsden, y acechaban a damas de mayor nivel social. Conocida es la debilidad de Dreux por Blanca, la hermana menor de Gauillón, y la de Valois por Antonia, la exuberante servidora de palacio del Duque de Bretaña, con la cual ya había tenido un encuentro amoroso que repetiría sin dudas esa noche. Valois pregustaba el placer y estaba un tanto confundido. En este momento desdeñaba el recuerdo de su esposa legítima y a todas sus amantes, y sólo le importaba Antonia, de tal manera lo excitaba que había decidido llevársela consiga a cualquier costo. ¿Quién podría impedírselo? Sospechaba, cómo no hacerlo, que el mismísimo Dreux se le había adelantado, y eso le mortificaba un poco y le hacían mirar con ciertas prevenciones a su principal aliado, pero se contenía, tenía cosas más importantes que los celos en su futuro inmediato.

Apenas esperó a que terminara la cena, esperó a Antonia en un pasillo, cuando ésta regresaba con las copas del salón principal y la arrastró a su recámara, entre risitas y caricias consentidas. Antonia no era una muchacha remilgada, y además era bastante calculadora, aunque lo disimulaba muy bien. Se daba cuenta que de esa atracción que había despertado en Valois podría obtener importantes y próximos beneficios, y  por otra parte se sentía halagada. Valois era un hombre de altísima alcurnia, y aunque demasiado soberbio quizás, era bastante apuesto y gallardo en su madurez. Y con estos pensamientos se dispuso a complacerlo hasta dejarlo completamente rendido y satisfecho.

Mientras tanto Dreux acechaba a Blanca. Creyendo haber obtenido una promesa, que en realidad no era tal, se paseaba frente a su aposento como un lobo enjaulado. Blanca había advertido su presencia, y como no quería tenerlo acechando en su puerta toda la noche y menos aún recibirlo, le envió a decir que estaba aquejada del “mal femenino” y que en ese mismo momento padecía de un fortísimo dolor de cabeza.

“¡Dolor de cabeza, así que dolor de cabeza, eh!”, salió farfullando furioso Dreux, al  tiempo que se dirigía al salón principal, donde eligió al vuelo a una servidora que le pareció más o menos apetecible, la tomó del brazo y la arrastró a un sillón reclinadero apenas disimulado por unos cortinajes, y allí mismo, entre pieles de osos y cabras salvajes la hizo suya, resoplando como un poseído. Luego la echó a un lado, se tendió de costado y se quedó dormido, prometiéndose mil y una hazañas para el día siguiente.

Así transcurrió la noche, en la cual la mayoría de los caballeros se dio a actividades muy poco piadosas, y ni se acordó ninguno de ellos de la vela de armas, ni de las oraciones. Tal era el espíritu festivo de la justa, a que nadie permaneció ajeno, olvidados ya de Comminges y su desgracia, o quizás por eso mismo. Como en una danza macabra la muerte del fornido y saludable conde les advirtió de lo corto y pasajero de lo humano y resolvieron resarcirse durante la noche, por si acaso. Entre suspiros, gemidos y bramidos transcurrió las horas, y  al día siguiente las ojeras de los caballeros advertían de su poco plácida noche. En realidad sólo Dreux por razones de orgullo y Blois y Vendome por su duelo particular cifraban sus expectativas en una gloriosa victoria. Gauillón sólo tenía pensamientos para la ingrata Ximena Dafons y había perdido su interés en el torneo, otros caballeros a los que la empresa de Valois no les interesaba en lo más mínimo estaban pensando seriamente en la posibilidad de abandonar el torneo de la manera más rápida y limpia posible, quizá tirándose del caballo a la primera embestida de alguno de aquellos locos que  arremetían con toda la furia y determinación del mundo pintada en sus ojos.

Pero ahora había un nuevo y más que dispuesto contrincante: Rodrigo de Alfaz, que nada tenía para perder y sí mucho para ganar.

A todo esto Gulbenzi se refocilaba con la bella Gigliola, y disfrutando de un refrigerio a la entrada de su tienda, o sentado junto a ella en el precario estrado sentía las miradas admirativas de los hombres y la envidia de las mujeres. El provocativo escote de la joven, vestida a la usanza italiana, era un llamador, motivo de admiración, censura y envidia entre aquellas mujeres cuyas altas gorgueras de encaje ceñían sus cuellos desde el pecho a la garganta. Las ancianas y maduras censuraban, las jóvenes envidiaban y los hombres admiraban. Del otro lado la flanqueaba Doménico, el bello joven, notoriamente afeminado, que la noche anterior los había deleitado con bellas canciones cantadas con exquisita entonación y un agudo registro de soprano. Era sin duda un bello joven, pero su contemplación producía sensaciones confusas y encontradas en hombres y mujeres. Estas últimas no dejaban de admirar su belleza, pero curiosamente no se sentían atraídas hacia él como un posible amante o enamorado, sino más bien como un cómplice y un confidente, alguien digno de confianza con quien bien podían sincerarse y buscar consejo.

La belleza de Doménico, sus modales afeminados, su delicada voz de soprano no dejaron de llamar la atención a los caballeros, más de uno, que desconocía a los castratti italianos expreso su sorpresa, su disgusto o simplemente se rio en forma más o menos embozada, y a veces en forma descarada. Acostumbrado a estos desplantes Doménico se comportaba con indiferencia, con elegante desdén, y a la noche asombraba a propios y extraño con bellas arias cantadas a un tono tan alto que ni siquiera una mujer podía llegar, acompañándose por un tamborcillo que golpeaba con gracia y de un laúd que tañía la hermosa Gigliola, quien seducía a la audiencia masculina y atraía sobre Gulbenzi muchas miradas vidriosas de envidia. Las miradas curiosas caían también sobre Doménico, cuya voz encantaba a propios y extraños produciendo una atmósfera de paz y armonía que transportaba a los oyentes, incluso a pesar de  algunos siempre dispuestos a burlarse, pero que caían luego bajo el encanto de su voz. Cuando Doménico terminaba de cantar volvían los bufidos, las risas, los gruñidos molestos de los rudos caballeros. Eso había pasado a lo largo de varias noches, pero esa en particular había pocos hombres en el salón. Casi todos se habían retirado con alguna damisela, algunos, agotados o borrachos, dormían a pata suelta, otros habían vuelto a los alojamientos reservados para ellos en el pueblo, y no más de media docena de segundones y algunas damas de compañía compartían junto a Gulbenzi y Gauillón la velada de música y poesía trovadoresca. Dentro de este conjunto que se desperezaba casi aburridamente y comenzaban a menudear los bostezos que presagiaban una pronta disolución de la reunión, una presencia comenzó a hacerse más notoria. Un caballero, embozado en su capa negra, que apenas había sido notado hasta el momento, se hizo visible en la medida que los demás iban raleando. Se  conocía que era un noble por su postura, su capa bordada con hilos de oro, sus botas de montar. Con actitud reconcentrada, había permanecido sentado en un reclinadero, un pie apoyado sobre una banqueta de las que usan los servidores, el codo sobre la rodilla, el puño sobre la boca, apenas los ojos que brillaban en la semi penumbra de uno de los rincones del vasto salón. Tenía una extraña fijeza en esa mirada, que se había instalado sobre la persona de Doménico, exclusivamente. Parecía extasiado. Gigliola fue la primera en advertirlo, y algo le cuchicheó por lo bajo al cantante, quién miró fugazmente hacia donde se encontraba el embozado caballero, luego murmuraron algo por lo bajo y rieron, solapadamente, con esa risita aleteante con que las mujeres acogen la mirada de un admirador. Cuando volvieron a prestar atención hacia el lugar donde se encontraba el caballero, este había desaparecido. Se notó cierta decepción en el rostro del castratti y de su amiga, quien lo miraba afectuosa, casi compasivamente. Se despidieron y se retiraron, dando por terminada la velada. Mientras se dirigían a sus aposentos se los vio conversar en voz baja, pero animadamente, y sin duda el motivo era el misterioso caballero al cual sólo se le veían los ojos, y que con tanta fijeza e intensidad había contemplado y escuchado el canto del desafortunado Doménico.